Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "La velocidad del fracaso" · Sergi Sánchez (El Periódico) -
  2. 02 de Febrero de 2011
  1. Dog Soldiers, de
  2. Robert Stone

¿Qué tiene Dog Soldiers para que Harold Bloom la incluyera en su célebre canon occidental? Lo primero, un tono que se desliza por el sarcasmo sin caer nunca en el cinismo; lo segundo, lo inolvidables que son sus personajes, y lo tercero, un acelerado pulso narrativo, una frescura a prueba de bombas y una insólita capacidad para hacerle la autopsia al desengaño de un país entero sin perder la sonrisa en los labios.
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 ‘Dog Soldiers’ es un glorioso ejemplo de Nuevo Periodismo convertido en ficción donde Robert Stone trasluce el desencanto ante Vietnam

El mismo año en que las tropas estadounidenses abandonaban Vietnam con la cola entre las piernas, Robert Stone (Nueva York, 1937) publicaba una novela menos preocupada por examinar la vida en las trincheras que por proyectar el declive del imperio americano en la soleada California, paraíso perdido que había visto cómo la paz, el amor y los psicotrópicos de la revolución de los 60 dejaban un reguero de vencidos y criminales. Es Dog Soldiers un texto escrito al calor de las noticias, casi un glorioso ejemplo de Nuevo Periodismo convertido en ficción súbita, urgente y en primera persona.

Es probable que mucha de la vitalidad que late bajo la prosa de Stone sea producto de la contemporaneidad entre los hechos que cuenta y la literatura que los recrea: todo ocurre tan deprisa, hay tanto movimiento impulsando esta road novel enloquecida, con tres disparates pegados a la venta de tres kilos de heroína mientras autoridades corruptas les persiguen y variopintos fracasados de poca monta rechazan su oferta, que uno tiene la impresión de ver un corto de Correcaminos y el Coyote firmado por el padre de los hermanos Coen (Dog Soldiers tuvo adaptación cinematográfica, Nieve que quema, en 1978, de obligada revisión).

¿Qué tiene Dog Soldiers para que Harold Bloom la incluyera en su célebre canon occidental? Lo primero, un tono que se desliza por el sarcasmo sin caer nunca en el cinismo; un tono, en fin, que traduce en imágenes veloces el desencanto de toda una generación a la luz de una guerra que convirtió a los americanos en algo que no sabían cómo codificar: perdedores. Lo segundo, lo inolvidables que son dos de sus personajes, a saber: el protagonista, Converse, un corresponsal de guerra que ha hecho del miedo el combustible de su vida, y Hicks, el exmarine que transportará el alijo de droga, el loco que se considera «un cristiano americano que luchó por su bandera» y parece haberse escapado de la mente lisérgica de Hunter S. Thompson; en fin, las dos podridas caras de una América sin brújula.

Y lo tercero, un acelerado pulso narrativo, una frescura a prueba de bombas y una insólita capacidad para hacerle la autopsia al desengaño de un país entero sin perder la sonrisa en los labios.

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