Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Así en Vietnam como en Irak" · Carlos Boyero (Babelia, El País) -
  2. 06 de Noviembre de 2010
  1. Dog Soldiers, de
  2. Robert Stone

El cine solo retrató Vietnam después del funeral. [...] La visita a ese Vietnam que solo conocía de oídas hace que [...] me conmueva con esa tremebunda, sutil y extraordinaria novela sobre el miedo y el desquiciamiento colectivo que es Dog soldiers, de Robert Stone.
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El cine norteamericano lleva desde el principio de la guerra testimoniando lo que ocurre en un país condenado a la ruina

Si aprendes a convivir con la sensación de que tu cuerpo chorrea sudor inimaginable al minuto de abandonar el refugio del aire acondicionado, que tus camisas oscuras se transforman parcialmente en blancas por la sal que vomita el sobrepeso de tu anatomía y que tu cuerpo desprende permanentemente un olor ingrato al empaparlo durante todo el día con repelente antimosquitos, casi todo merece ser visto, olido, sentido y vivido en un país muy hermoso, lleno de contrastes geográficos y ambientales, rebosante de vitalidad y de color, llamado Vietnam. Ya tengas alma de turista convencional (es mi caso) o de lírico y arriesgado viajero (según la distinción que establecía Paul Bowles en El cielo protector) es difícil que no te impresione ese país tantas veces machacado, especializado en supervivencia. Es inevitable flipar con el ritmo callejero de Hanoi, incluido su enloquecido tráfico de motos, con el paisaje de la bahía de Halong y sus cuevas espectrales, con el maravilloso paisaje que inunda el recorrido de Hue a Da Nang, con el abigarrado y oloroso ambiente del mercado chino de Saigón, con el misterio y la sensación de naturaleza sin contaminar siguiendo el delta del Mekong. Todo resulta fascinante para la vista y el oído desde tu hotel de cinco estrellas, pero desde tu privilegiada atalaya, disfrutando epidérmicamente de un folclore tan vistoso como inofensivo, es probable que te encuentres con gente que tiene tibia o monstruosamente deformado su físico y su mente, con ineludibles huellas de que algo espantoso marcó su nacimiento.

Si sabes algo de historia intuirás las raíces de esa deformación. O algún nativo con memoria del horror te aclarará que durante muchos años esa tierra y sus habitantes no solo fueron masacrados por el napalm, sino que sirvieron para la mortífera experimentación con todo tipo de armas químicas, con venenos que en el mejor de los casos matan instantáneamente y en el peor, además de dejarte tullido, convertirán a tu descendencia en monstruos de feria.

A cincuenta kilómetros de Saigón, la necesidad de conocimiento, o el morbo, o la casualidad, o la académica guía del turista, te puede conducir a las “toperas”, subterráneos a lo largo de kilómetros en los que parece imposible subsistir y que sirvieron para que un David con infinita capacidad de sacrificio, con la fe y la dignidad del acorralado que se niega a lanzar la toalla, volviera loco a Goliath, creara las trampas mortales, rudimentarias o sofisticadas, para arañar y socavar al enemigo más poderoso, el instinto animal y el ingenio enfrentado a la tecnología más depredadora, los hambrientos creándoles problemas digestivos a los saciados, el francotirador famélico convirtiéndose en la pesadilla del dragón. Y ganaron. La justicia poética y la práctica se aliaron heroicamente con la causa de los débiles. Ese triunfo también posee alucinantes estadísticas. Con principios maniqueos podemos afirmar que ganaron los invadidos. A costa de que murieran tres millones de vietnamitas y setenta mil soldados del Ejército norteamericano. Qué desproporción entre las víctimas, qué guerra tan rara. En nombre de los intereses de Occidente en Asia, con la inapelable obligatoriedad de frenar a los bárbaros. Y en ese épico camino podía ocurrir una matanza de inocentes como la de My Lai. Imagino que el premio Nobel de la Paz Henry Kissinger conocía otras cien idénticas, pero la mala suerte del teniente Calley y del capitán Ramírez hizo muy popular su asesinato múltiple.

Puede ocurrir que la infatigable curiosidad del turista y del viajero se desplace de Vietnam a Camboya, presto a quedarse acojonado con la belleza sobrenatural de los templos de Angkor, con una civilización florida en medio de la jungla, con rostros sonrientes y enigmáticos fundidos con la piedra, con árboles de ciencia-ficción en una arquitectura milagrosa creada por el hombre de hace mil años. Y en Camboya, junto a esos niños preciosos para los que con desoladora lógica solo puedes representar la codiciada imagen de un dólar, comprobarás que hay mucha gente sin brazos y sin piernas. No fue la guerra química la causante de su tragedia, no fue el imperialismo norteamericano, fue el país minado que sembraron los jemeres rojos, los discípulos más radicales y salvajes del maoísmo. Un anciano desquiciado, con sonrisa enfermiza y gestualidad de freak, te cuenta que fue el único superviviente entre los 47 miembros de su familia. Sigue sin saber cuál fue la razón para que Pol Pot les exterminara. Y le crees, aunque eso no le sirva de consuelo. Y cómo no entender al lúcido zumbado Kurtz en ese gemido abstracto y agónico: “Horror, horror”.

El cine solo retrató Vietnam después del funeral. Apocalipsis ahora hablaba del pasado. La visita a ese Vietnam que solo conocía de oídas hace que revisite con el viejo escalofrío los Despachos de guerra de Michael Herr. O que me conmueva con esa tremebunda, sutil y extraordinaria novela sobre el miedo y el desquiciamiento colectivo que es Dog soldiers, de Robert Stone. Y es muy higiénico que Julian Assange a través de esa cosa de Internet desvele a quien quiera saberlo las barbaries cometidas en Irak que el civilizado Gobierno de Estados Unidos conocía y consentía. Pero no es nada nuevo para ningún cinéfilo. A diferencia de Vietnam, el cine norteamericano, con mayor o menor arte, lleva desde el principio de la guerra imaginando, sugiriendo, testimoniando lo que ocurre en ese país condenado a la ruina en nombre de una conveniente y asquerosa mentira. Lo más terrible que me han contado de la ficción de esa guerra no ocurre en Irak sino en Estados Unidos. Se titula En el valle de Elah. Un militar que cree en el honor, en las causas nobles que emprende su país, en la profesionalidad no mancillada, que levanta orgulloso una exaltante bandera de la patria todas las mañanas en el techo de su casa, la desplegará al final con sentimiento crítico y trágico al constatar la ignominia de su asesinado hijo en una guerra cuyas razones eran sórdidas, en un infierno sin sentido que no admite inocentes entre los que lo montaron, que envilecerá a los soldados en la seguridad de que todo está permitido contra los vencidos.  

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