Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Edición, lectura, etcétera" · Francisco Solano (Educación y Biblioteca, núm. 149, p. 47) -
  2. 01 de Septiembre de 2010
  1. Libropesía y otras adicciones, de
  2. Luciano de Samosata

Libropesía y otras adicciones es un libro manifiestamente caprichoso. Así lo remarca la contracubierta, y no hay duda que es una declaración justificada, lo que no quiere decir que sea una mera curiosidad que se apaga antes de que brote la llama. Más bien es la constatación de una pasión que no se enfatiza, sino que simplemente se evidencia.
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Libropesía y otras adicciones es un libro manifiestamente caprichoso. Así lo remarca la contracubierta, y no hay duda que es una declaración justificada, lo que no quiere decir que sea una mera curiosidad que se apaga antes de que brote la llama. Más bien es la constatación de una pasión que no se enfatiza, sino que simplemente se evidencia. Dicho con sus palabras: “una ofrenda para quienes gozan de los libros, de su tacto, de su aroma y de sus formatos; para quienes leen más allá de las palabras, pero leen también las palabras”. El libro reúne textos de narrativa y breves ensayos poco habituales en este tipo de antologías, de Luciano de Samosata a Virginia Wolf. No faltan –tal vez porque su ausencia dejaría el libro sin autor español– un par de sonetos de Quevedo que incluye el magnífico “Retirado en la paz de estos desiertos”, sin duda uno de los textos más convocados en la mayoría de los libros dedicados a enaltecer la lectura. Pero se trata de una concesión a lo obvio, por otro lado necesaria. Los demás textos han frecuentado menos esas antologías, y alguno es la primera vez que se vierte al castellano, como “La Biblioteca Universal” del alemán Kurd Laßwitz, que sirvió de inspiración a Borges para su concepción de la biblioteca total. El otro autor que escribe en español, de los siete que componen el elenco, es Leopoldo Lugones (también admirado por Borges, a quien dedicó El hacedor). El texto de Lugones, “Bibliotecas vivas” se puede leer como un pequeño tratado sobre la concepción moderna de las bibliotecas, no consideradas, como antaño, un lugar de conservación de libros, sino “ante todo aulas de estudio libre”, cuyo elemento principal “es el lector a cuyo servicio están libros y empleados”. Lugones habla como director de una biblioteca, y sus palabras se ajustan admirablemente al espíritu que debe presidir la tarea del bibliotecario. El ensayo de Virgina Wolf “¿Cómo hay que leer un libro?” despliega una cálida defensa de la lectura y la libre interpretación, a la que se le supone nutrida de imaginación, comprensión y criterio, cualidades de lo que denomina “un arte muy complejo”. Más chispeante, aunque no menos sagaz, es la aportación de Luciano de Samosata; su texto, “Contra el ignorante que compraba muchos libros”, con leves cambios podría pasar por un escrito actual. De Niccolò Franco se ofrece el octavo diálogo de Dialogi piacevoli, publicado en 1539, que después merecería ser incluido en el índice de libros prohibidos. Y del Renacimiento, pasando por Quevedo, llegamos a Flaubert, con un cuento muy poco conocido (¡escrito a los quince años y situado en Barcelona!) sobre los asesinatos de un librero, antiguo monje del Monasterio de Poblet, que para recuperar ciertos libros no tiene inconveniente en matar a sus dueños. Queda el mencionado Kurd Laßwiz, cuyo cuento aparece por primera vez publicado en español. Dejo al lector que descubra esta joya antes ignorada en nuestro idioma y, de paso, los demás textos no por más conocidos menos preciosos. Y no está de más repetir las últimas palabras de la contracubierta: “Páselo bien”.

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