Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Alta fidelidad (etílica)" · Fran G. Matute (Estado crítico) -
  2. 07 de Octubre de 2010
  1. Abluciones: apuntes para una novela, de
  2. Patrick deWitt

Echad unas gotitas de Hunter S. Thompson, dos rodajas de Hornby, un refrescante sentido del humor y un oído para el pecado. Así ha conseguido Patrick deWitt fabricar el cocktail literario perfecto. Abluciones es una joya para tomarla a sorbitos. Un debut que se disfruta como el primer Citadelle, con tónica y dos de hielo, por favor.
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Imaginad que Nick Hornby hubiese nacido en Canadá. E imaginad también que el protagonista de Alta fidelidad (1995) fuera, en lugar del dueño de una tienda de discos en Londres, un camarero de un bar de Hollywood. ¿Lo tenéis? Pues algo así es Abluciones (2010) de Patrick deWitt.

Habla de sus clientes como si fuesen espejos de lo que ocurre más allá de la barra que conforma su oficina. Pero a veces olvida que la gente se esconde en la penumbra de ese cuchitril al que llama centro de trabajo para poder ser alguien distinto al que fue, es o será a la luz del sol californiano. Sus clientes son todos unos embusteros y no se trata de mentiras piadosas. Pero necesitan modificar sus vidas y glorificarlas para ser mejores, para parecer interesantes, para sentirse vivos.

Habla de cómo su vida tiene más de sacerdote que purga los pecados que de mero proveedor de bebidas alcohólicas. Habla de cómo se puede sobrevivir en la jungla de asfalto. Habla de cómo lidiar con los perdedores (actores infantiles que perdieron su estrella hace mucho, colgados sin oficio ni beneficio, bebedores compulsivos, agarrados o espléndidos con las propinas…). Y también habla de Ignacio (no os perdáis su anécdota, simplemente hilarante). Todos son víctimas de Hollywood. Y en esto, Abluciones tiene muchas reminiscencias de F. Scott Fitzgerald, Horace McCoy o Nathanael West.

Habla de sí mismo, de sus caóticas relaciones sexuales. De una vida sin control. De cómo un camarero termina mimetizado con su clientela, esa a la que llega a amar, odiar y compadecer (a veces, todo al mismo tiempo). Habla también de un viaje iniciático. De esos que los americanos hacen de vez en cuando. Las Vegas. El cañón del Colorado. Pero allí no parece que estén las respuestas. Habla también de un rodeo en el que conoce a gente extraña. Y empieza a echar de menos a su clientela. Habla de la vuelta al trabajo y de cómo la experiencia le ha cambiado. Sin duda, no ha conseguido para nada ser mejor persona. Vuelve a su restaurante, el único lugar del mundo que tiene sentido para él.

Y todo lo que habla lo hace con una frescura inusitada para un debutante. Con picardía, con sabiduría, con inteligencia. No necesita recurrir a los viejos clichés literarios de las cosas del alcohol. Sí, hay vomiteras, jaquecas, polvos no buscados en un almacén, esquinas sórdidas, muchas visitas al tigre, vidas echadas a perder por el whisky, resacas matutinas, bla bla bla… Pero también hay personas bajo el microscopio que forma el culo del vaso, que no sólo se tambalean y balbucean.

Echad unas gotitas de Hunter S. Thompson, dos rodajas del citado Hornby, un refrescante sentido del humor y un oído para el pecado. Así ha conseguido Patrick deWitt fabricar el cocktail literario perfecto. Abluciones es una joya para tomarla a sorbitos. Un debut que se disfruta como el primer Citadelle, con tónica y dos de hielo, por favor.

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