Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Literatura de los efluvios alcohólicos" · Kepa Arbizu (Tercera Información) -
  2. 18 de Octubre de 2010
  1. Abluciones: apuntes para una novela, de
  2. Patrick deWitt

En esta novela el Hollywood impoluto y de ensueño al que estamos acostumbrados se convierte en un lugar sórdido, en el que se ubica un bar por el que van pasando todo tipo de personas que cargan a cuestas con sus vidas. […] Escrito con una magnífica mezcla de sordidez, algunas escenas realmente crudas, ironía y pinceladas poéticas que ganan fuerza dado el contexto en el que se desenvuelven, da forma a un muestrario de soledades y derrotas.
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El debut del escritor canadiense ha cosechado todo tipo de halagos y su autor es considerado uno de los talentos más prometedores

Es verdad que a un cierto tipo de lector presentar a Patrick deWitt como la nueva promesa de la literatura anglosajona y su comparación con Charles Bukowski puede crearle reticencias a la hora de acercarse a su primera novela, pero sería un error no darle una oportunidad a una obra realmente sorprendente.

Canadiense de 35 años, tras abandonar los estudios y pasar por todo tipo de ocupaciones, incluida la de estar detrás de la barra, publica una primera novela llamada “Abluciones”, que si bien es cierto que tiene cosas en común con el autor de “La máquina de follar” (no tantas como uno podría pensar en un inicio), también tiene una ambientación similar a las creadas por Hubert Selby Jr. o John Fante, personajes que perfectamente podrían salir de los relatos escritos por los representantes del minimalismo norteamericano (desde Raymond Carver a Sam Shepard) o situaciones contadas en los versos del poeta vasco Karmelo Iribarren.

En esta novela el Hollywood impoluto y de ensueño al que estamos acostumbrados se convierte en un lugar sórdido, en el que se ubica un bar por el que van pasando todo tipo de personas que cargan a cuestas con sus vidas. Narrado en una sorprendente tercera persona que insta al camarero a que vaya contando una sucesión de historias y situaciones, llama la atención, aunque menos dado la profesión del escritor canadiense, la descripción tan certera que hace de la noche, tanto de lo que se ve en la superficie como el sentimiento que desprende en los que la habitan.

Y es que son seis años el tiempo que deWitt, mientras ejerce su trabajo, se dedica a apuntar todo lo que allí sucede, por lo que este libro tiene tanto de objetivo o de subjetivo según lo que cada uno quiera entender. Escrito con una magnífica mezcla de sordidez, algunas escenas realmente crudas, ironía y pinceladas poéticas que ganan fuerza dado el contexto en el que se desenvuelven, da forma a un muestrario de soledades y derrotas.

La historia se centra en un camarero, que desde que ejerce este oficio, acelera su proceso degenerativo, por medio de un consumo exagerado de alcohol y pastillas, produciendo un descenso a los infiernos que incluye un entorno de lo más peculiar donde conviven fantasmas, coches con poderes, un edificio que escupa personas y una manía, la de hacerse heridas en sus manos para aliviar el dolor por medio de agua fría (definición del término ablución).

A lo largo de las páginas aparecen un sin fin de personajes, algunos centrales y otros ocasionales. Todos mienten, cuentan sus vidas inventadas y al igual que le sucede al “barman” se odian y necesitan por partes iguales (los momentos más sobrecogedores llegan en esta extraña dicotomía).

Aunque es cierto que el alcohol y las drogas son el motivo de la degeneración más evidente de clientes y dueños del local, no hay que llevarse engaños, sus vidas sin alicientes y totalmente deshumanizadas, no hay más que leer la extraordinaria escena en la que el camarero es incapaz de sentir nada ante la belleza de un paisaje como el del Gran Cañón, comenzaron a serlo mucho antes de traspasar el umbral del bar de turno.

Precisamente este es el hecho que hace de esta novela mucho más acongojante y donde nadie se puede sentir a salvo de verse representado de alguna manera con la muestra humana que por “Abluciones” pasa. No es necesario ser camarero de un oscuro antro para sentirse inmerso en un declive vital que parece no tener final. A los funcionarios, oficinistas o dependientes de una tienda de alquiler de coches también les puede pasar.

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