Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Vomitar en silencio" · Borja Criado (Cultura|s, La Vanguardia) -
  2. 13 de Octubre de 2010
  1. Abluciones: apuntes para una novela, de
  2. Patrick deWitt

Abluciones es muy divertida. Tan divertida que a veces te sientes mal por regocijarte en tanta desgracia ajena. [...] Detrás de tanta risa y tanta borrachera hay sueños rotos, historias tristes, mentiras necesarias para alejarnos de la locura: un desesperado afán por deshacernos de la frustración diaria.
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Habla de ese bar perdido en un callejón de Los Ángeles. Habla de la bandada de borrachos que se arriman a la barra cada noche a recrearse en su patetismo. Habla de “este juego desesperado de maltrato al hígado / suicidio lucrativo que tiene lugar cada madrugada”.

Patrick deWitt (Canadá, 1975) habla en Abluciones de la miseria humana a partir del diario que llevó durante los seis años que trabajó de camarero en Hollywood. De aquellas notas ha sacado una “versión diminuta y desagradable de América” de 211 páginas.

La primera parte es la más divertida: el episodio de las aspirinas (“una relación condenada, y sólo puede acabar en tristeza y en muerte”), el del terrible edificio que vomita humanos. Los poderes del Ford LTD de 1971. La espiral de decadencia del protagonista empieza en la segunda parte. El humor sigue siendo negro, pero empieza a aflorar la fatalidad y la desesperación. Un desfile de mujeres maltrechas, cuartos oscuros, asientos traseros, ansiedad y llantos abruptos antes del amanecer. La tercera es un viaje físico e introspectivo a las Vegas (“Todo cambia, y casi nunca para mejor”), una mini road movie rodada por un borracho en proceso de autodescomposición. La última una retrospectiva y un ingenioso plan de escape.

Abluciones es una novela infectada de acidez y humor negro. Abluciones es muy divertida. Tan divertida que a veces te sientes mal por regocijarte en tanta desgracia ajena. DeWitt escribe en segunda persona y en episodios cortos, algunos entrelazados, otros no. En pocas páginas el canadiense repasa sin piedad la clase media del país, esa aglomeración de anónimos en la que es fácil verse identificado. El terror de la novela empieza aquí, en el reconocimiento. Detrás de tanta risa y tanta borrachera hay sueños rotos, historias tristes, mentiras necesarias para alejarnos de la locura: un desesperado afán por deshacernos de la frustración diaria (“no tienes más que una vaga idea de qué es lo que ha sucedido en realidad y qué es una ficción”).

Un apunte más: se tiende a comparar a deWitt con Bukowski. Los personajes del americano son antihéroes. Los de deWitt son tristes tipos que se mueren por ser personajes de Bukowski. Hasta ahí el parecido.

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