Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Cenizas" · Alfonso López Alfonso (La Nueva España) -
  2. 07 de Octubre de 2010
  1. Abluciones: apuntes para una novela, de
  2. Patrick deWitt

En Abluciones, de Patrick deWitt, suenan las teclas vagamente líricas de un piano polvoriento, acariciadas por la voz lijosa de Tom Waits. […] De estilo directo y sencillo, está repleta de una tristura cenicienta capaz de transmitir el imborrable sabor a verdad de los relatos de Raymond Carver.
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«Me recosté y me serví un vaso de vino. Dejé abierta la puerta. La luz de la luna entró junto con los sonidos de la ciudad: juke boxes, automóviles, peleas, perros ladrando, radios... Estábamos todos metidos en lo mismo. Todos apilados en un inmenso retrete lleno de mierda. No había escapatoria. Íbamos a desaparecer con una cascada de agua cuando tiraran de la cadena». Son palabras de Charles Bukowski en La senda del perdedor. Sin duda Patrick deWitt lo considerará uno de sus maestros. Ambos pertenecen a esa raza de escritores que incorporan su experiencia física del mundo a la literatura que hacen. Como Charles Bukowski, como Erri de Luca, como algunos otros, Patrick deWitt se empleó en diversos oficios antes de escribir esta primera novela, entre ellos peón, lavaplatos y camarero, y sus ocupaciones en el bar le ayudaron a la hora de proporcionar verismo a una intensa historia trufada desde el título de un negro sentido del humor. Abluciones, titula el relato de un camarero que naufraga entre alcohol, clientes pintorescos y mugre en un bar de Los Ángeles, como si tuviera algo de religioso o purificador el viaje que el lector emprende de la mano de un narrador –es el camarero– que toma notas para una futura novela y que hace buena la frase de uno de los personajes de John Fante en La hermandad de la uva: «Más vale morir borracho que morir de sed». «¿Has terminado ya con tus abluciones?», le pregunta con irónica crueldad un cliente al camarero cuando éste tiene las manos metidas en el agua marrón de fregar los cacharros.

Emparentada con Camino de Los Ángeles y La senda del perdedor, suenan en esta novela las teclas vagamente líricas de un piano polvoriento acariciadas por la voz lijosa y desgarrada de TomWaits. Dividida en cuatro partes, la primera presenta a los clientes del bar –una fauna diversa con un nexo inextricable, el alcohol y las drogas–: Curtis, un negro que siempre anda vestido de policía, a cuya desintegración personal asistimos impasibles, y su compañero de correrías, un antiguo actor infantil que hace demasiado tiempo que dejó de ser el niño adorable que engatusaba la pantalla; Sam el camello, Simon el encargado cocainómano, Junior el adicto al crack, Ignacio el pintor fantasioso, Merlín el embaucador esotérico y un largo etcétera. La segunda parte se pasea por la descarnada carnalidad a la que se ve arrastrado el camarero alcohólico: encuentros furtivos en el almacén, una pintoresca orgía en casa del encargado, enredos con las camareras y las clientas... La tercera, una especie de paréntesis para tomar oxígeno sin dejar de lado el Jameson –whisky preferido del protagonista– nos lleva a un descanso vacacional entre el Cañón de Colorado y Las Vegas, pero los paisajes que aquí aparecen tienen poco que ver con la iconografía clásica del sueño americano, son, exactamente, su reverso, la cara de la derrota. El vértigo de un hombre asomado a su propio abismo –un poco a la manera de Nicholas Cage en Leaving Las Vegas–, que abandonado por su mujer y con el cuerpo maltrecho por los abusos etílicos busca demolerse. La cuarta parte es la del desenlace, que algo tiene de película de atracos setentera con la acción a ralentí.

De estilo directo y aparentemente sencillo, «Abluciones» está repleta de una tristura cenicienta capaz de transmitir el imborrable sabor a verdad de los relatos de Raymond Carver, pero el enfoque de Patrick deWitt aleja la cotidianeidad tan clase media de Carver del centro de la escena y la lleva a las esquinas para visitar una marginalidad de la que brota con lúcida contundencia cierta hilaridad enjuta y esperpéntica: «[Simon] se peina mirándose en el espejo de encima de la barra y se aleja pavoneándose hacia la sala de atrás, y tú contemplas con una mezcla de respeto y lástima cómo se desploma de rodillas y esnifa sin disimulo el montón de cocaína del muerto. La sala de atrás se queda en silencio al ver esto, y unmomento más tarde ves cómo a Simon se le unen por ambos lados dos cuerpos que se retuercen, también de rodillas, peleándose por pillar también algo del montón: se trata de Curtis y del actor infantil».

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