Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Entrevista a François-Marie Banier " · Juan Manuel Bellver (La Otra Crónica, El Mundo) -
  2. 09 de Octubre de 2010
  1. Pasado compuesto, de
  2. François-Marie Banier

Pasado compuesto es la historia de un primer amor. Y todos somos víctimas de él. Tratamos de emularlo a lo largo de nuestra vida. [...] Hay otra idea que aparece en el libro y es el deseo inexplicable que tienen muchas personas de devorar a todos los amantes que su pareja ha tenido antes, de convertirse en ellos. [...] Pasado compuesto trata también de un amor irremplazable, de cómo los muertos siguen influyendo sobre nosotros cuando se han ido y cuán difícil resulta a veces vivir con el pasado...
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François-Marie Banier es ese personaje, como de tragedia griega, del que todo el mundo ha oído hablar pero del que nadie sabe gran cosa. Puedes tener algo de información sobre él —probablemente sesgada—, pero en realidad no le conoces. ¿Es un vividor, un aventurero, un artista, un buscavidas o un poco de todo ello? «Si quieres una entrevista, la única condición es que no me preguntes nada sobre el caso Bettencourt», me dice por teléfono. «Estoy harto de este tema, llevo meses esquivando a la prensa y, si hago una excepción contigo, es para hablar de mi libro», advierte en tono severo. La cita se cancela varias veces. Y, al final, nos encontramos en un hotelito cercano al Jardín de Luxemburgo. Luego sabré que su casa y su estudio se hallan en una discreta callecita no lejos de allí.

Banier es un hombre en el ojo del huracán. Y lo es desde que, a finales de 2007, se convirtió en centro de un escándalo judicial cuando Françoise Bettencourt, única hija de Liliane Bettencourt, lo acusó de «abusar de la debilidad » de su madre, de 87 años, heredera del gigante francés de cosméticos L’Oréal y con una fortuna estimada en 16.000 millones de euros. Según la versión de Françoise, el acusado podría haberse aprovechado durante años de la millonaria recibiendo de ella toda clase de regalos y donaciones. Se habla de cientos de millones de euros, además de obras de arte de valor incalculable y hasta quizá una isla en las Seychelles.

«Soy el hombre que hay que derribar», se defiende mientras bebe un zumo de tomate. «Soy el rehén de tres conflictos que me superan íntegramente y de los que soy totalmente ajeno. Lo mejor es que se celebre el juicio lo antes posible para terminar con esta empresa de demolición. De todos modos, a mí la opinión pública ya me ha condenado».

Si todo hubiera sido únicamente un asunto de dinero, de celos y traiciones entre ricos, el caso se habría cerrado hace ya tiempo. Los trapos sucios se lavan en casa. Y si es en el entorno palaciego de Neuilly-sur-Seine, la población con la renta per capita más alta de Francia —de la que por cierto fue alcalde durante 20 años el actual presidente Sarkozy—, entonces, con más motivo. Pero la hija enrabietada no sabía que, con su denuncia, estaba abriendo la caja de los truenos. La investigación judicial, los registros domiciliarios y los testimonios de antiguos empleados y administradores llevaron al descubrimiento de grabaciones y documentos que ofrecen indicios de fraude fiscal y financiación ilegal de partidos políticos.

El difunto André Bettencourt fue ministro, senador y diputado. Se habla de suculentas donaciones secretas, en metálico y sin recibos, para la campaña electoral del partido conservador UMP, en las que estarían implicados el actual ministro de Trabajo, Eric Woerth. En medio del torbellino se buscan responsabilidades: Patrice de Maistre, gestor de la fortuna Bettencourt, parece entrampado hasta los huesos. ¿Y quién es Banier, que tiene tanta influencia sobre la vieja? ¿Otro besamanos sin escrúpulos? ¿Cómo se gana la vida?

De acuerdo con la biografía que suministra su editor español, es «autor de siete novelas y tres obras de teatro, apadrinado en sus comienzos por artistas de la talla de Dalí, Beckett o Aragon. Además, es un reputado fotógrafo cuyas obras se han publicado en revistas como The New Yorker o Vanity Fair y se han expuesto por todo el mundo... También destacables son sus incursiones en el cine con Éric Rohmer y Robert Bresson».

Retratista y figura del París mundano, resulta difícil sustraerse a la tentación de preguntar a Banier por sus anécdotas de la jet parisina o cómo ha cambiado su vida todo este monumental follón del affaire L’Oréal. Pero él sigue emperrado en hablar del libro. «¿Espero que te lo hayas leído?», inquiere. Le muestro mi ejemplar de Pasado compuesto.

Pregunta.— Claro. Me ha gustado mucho.

Respuesta.— ¿Qué te ha gustado?

P.— Lo que más: el modo en que retrata al principio la tensión emocional que hay entre Cécile y su hermano Olivier, cómo se van dando cuenta de que se aman y cómo se ven abocados al incesto. Me ha parecido un relato honesto, cero morboso, bello. Sorprende mucho la frescura de la narración, el cariño con que trata a los personajes... Sobre todo, para haberlo escrito con 21 años.

R.— ¿Verdad que no está mal después de todo? El incesto es un tema complicado. Pasado compuesto es mi segunda novela y tal vez la que más quiero. Claro que no la he hojeado desde 1971. Nunca releo mis libros.

P.— ¿Hay algo de autobiográfico en lo que cuenta?

R.— Para nada. Es la historia de un primer amor. Y todos somos víctimas de él. Tratamos de emularlo a lo largo de nuestra vida.

P.— ¿Por qué situó el relato precisamente en Neuilly?

R.— Ni siquiera conocía esa población. Pero necesitaba para la historia un ambiente cerrado socialmente.

P.— Pasado compuesto trata de los amores imposibles, de lo inconfesable... ¿Cómo ve ahora el amor, a los 63 años?

R.—Mucha gente destruye su vida por un amor al que no puede aspirar. Pero aquí es más grave: ¡no te puedes acostar con tu hermana! Yo no le veo inconveniente, aunque no creo que yo hubiera podido acostarme con mi hermano o mi hermana... Hay otra idea que aparece en el libro y es el deseo inexplicable que tienen muchas personas de devorar a todos los amantes que su pareja ha tenido antes, de convertirse en ellos. Entonces ni siquiera reparé en ese aspecto. Escribía por instinto... Siempre me ha gustado escribir y leer. Los libros nos sacan de la mediocridad. Lo cotidiano nos lleva a terribles concesiones.

P.— ¿Es verdad lo que cuenta de Dalí en una entrevista? ¿Que el pintor le confesó que García Lorca había intentado sodomizarle pero a él le dolía y al final no consumaron el acto?

R.— Es cierto eso y mucho más. Tuve con Dalí una relación fantástica. Era un hombre muy ocurrente y provocador. Yo le llevaba en mi moto. Hablábamos en español porque yo me críe con tatas españolas. Además, me encanta ese país. Tengo recuerdos de infancia de San Sebastián, de los tricornios de la Guardia Civil, de los toros. ¿Por qué quieren prohibirlos? Yo he admirado mucho al Juli, Ponce, Ordóñez, Paco Camino, Dominguín... ¡y a Lucía Bosé! Además, me parece fantástico que el Rey volviera e instaurara una democracia. No soy monárquico, pero Juan Carlos ha sido un valiente y un formidable político... Tengo que inclinarme ante el talento de este hombre que sacó a España del horror de Franco.

P.— No sabía que tenía esa pasión por lo español...

R.— Me chifla la paella, el bacalao, los chipirones... También sueño con ir a El Bulli. He leído mucho a Cervantes, a Góngora, a Unamuno. Mis pintores favoritos son Picasso y Miró. Soy forofo del flamenco y sé cantar jotas. Pero lo que más me atrae de tu país es su lado escénico y litúrgico. En ese sentido adoro a Buñuel y a Almodóvar, que es cien veces mejor que Woody Allen. Su forma de retratar a las mujeres está al nivel de Fellini.

P.— Ha sido actor de la Nouvelle Vague. ¿Ya no le llaman para rodar?

R.— Aquello era por divertirme, los directores eran amigos. Ser actor no es lo mío. Claro que haría cualquier cosa para trabajar con Almodóvar. Si me diera el papel de una patata, lo aceptaría.

P.— ¿Cuándo empezó usted a pintar y cuándo a hacer fotos?

R.— Pinto desde niño. Con 14 años ya vendía mis dibujos. Así conocí a Dalí. Y habré hecho unas 700.000 u 800.000 fotos en mi vida. Tengo algunas de famosos, claro. Pero lo que más me gusta es retratar personajes anónimos.

P.— Al principio, se dio a conocer por sus imágenes de la jet...

R.— En 1967, conocí a Marie Laure de Noailles, que me abrió las puertas de una sociedad asombrosa. Ella había sido novia de Cocteau y amiga de Balthus, había financiado a Man Ray... Por su hotel pasaba gente fascinante. Y yo les retraté a todos, un poco al estilo de Goya. Cuando Marie-Laure murió me sentí muy solo y empecé a fotografiar la soledad.

P.— ¿Hablamos de su amistad con Lilianne Bettencourt?

R.— Prefiero hablar de este libro porque se plantean preguntas que la gente no suele hacerse. Trata también de un amor irremplazable, de cómo los muertos siguen influyendo sobre nosotros cuando se han ido y cuán difícil resulta a veces vivir con el pasado... Desconfío de las entrevistas en las que se hacen muchas confesiones. Ya no soporto a la prensa sensacionalista, que sólo se ocupa de sandeces.

François-Marie realizó su primera exposición en 1991, en el Centro Pompidou de París. «Yo no quería enseñar mis fotos. Soñaba con que fueran descubiertas póstumamente. Carezco de vanidad». También ha trabajado en publicidad, para Diane von Furstenberg y, claro, para L’Oréal, donde tenía un contrato anual de 700.000 euros que ahora, por culpa de la «repercusión mediática», ha sido rescindido. «Madame Bettencourt me dijo un día que no quería ser una simple empresaria de cosmética, que quería sostener a un artista, apoyarle como mecenas... Con L’Oréal hice 28 libros y exposiciones que llevan su nombre. Además, daba ideas para perfumes y diseños», comenta lacónico.

El affaire Bettencourt, cuya vista judicial se sigue retrasando debido a la complejidad de la investigación y a presiones políticas, está siendo especialmente duro para Banier. Se ha filtrado que su protectora le había nombrado heredero universal en detrimento de su hija, que quería poner a su nombre la isla de Arros (Seychelles), adquirida secretamente y no declarada al fisco... Según se ha ido haciendo público todo, la mujer más rica de Francia ha dado marcha atrás en su mecenazgo. El pasado mes de julio cambió su testamento. Y la semana pasada, en Paris Match, se refirió a su protegido como «un amigo un poco pesado, que siempre quiere más».

Son tiempos convulsos para nuestro hombre. La próxima muestra que tenía previsto realizar en la Casa Europea de la Fotografía también ha sido aplazada. Pero no quiere hablar de eso ni de su ex amiga Liliane. Esa misma mañana, ha roto el silencio que venía manteniendo con una entrevista a AFP en la que se explaya a gusto: «¿La señora lamenta nuestros 25 años de maravillosa amistad? Sus donaciones han sido enormes, pero la gente no se da cuenta de la inmensa fortuna. A mí me dio dinero como otros entregan su tiempo o su cuerpo... ¿Dónde está el problema? Creo que entre Liliane y yo, nunca se terminará del todo».

Salimos del hotel a la calle. Me ofrece mostrarme su estudio. Tras un portón, un patio ajardinado y un edificio de tres plantas. Banier vive en la última con su novio, Martin d’Orgeval, y trabaja en las otras dos, con un equipo de siete asistentes. «Como no puedo salir a la calle, me concentro en mi obra. Piensa que hago unas 7.000 fotos por mes. Algunas las retoco, otras las guardo...». El archivo documental, impresionante, está climatizado y escrupulosamente clasificado. En el estudio, hay dibujos en papel tirados en el suelo y dos grandes fotos de Ray Charles y de la reina Isabel II con minúsculos textos caligrafiados. Nos cruzamos con Orgeval, que también es artista y tiene su propio espacio. «Estamos juntos desde hace 18 años. Nos amamos. Él influye mucho en mí y yo casi nada en él. Le hago bastante caso: me ayuda con la edición de mis libros y me aconseja bien... Yo a veces soy mi peor enemigo. Mi mundo son las palabras, los sentimientos; soy hábil para el arte pero no para la vida. Las personas con hipersensibilidad vivimos una pesadilla. La prensa se ha inventado conmigo un personaje que no existe. A veces hace daño, pero procuro olvidarlo... Algún día esto terminará, pero no se olvidará. Este tipo de historias nunca se olvidan. Tan sólo espero que no me salpique demasiado y que pase a mi lado como un cubo de basura».

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