Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Carlo Padial" · Josep Massot (La Vanguardia) -
  2. 20 de Septiembre de 2010
  1. Dinero gratis, de
  2. Carlo Padial

Carlo Padial, cuando escribe, no ve lo que ven los demás. […] Dinero gratis es un conjunto de cuentos paródicos de una sociedad en la que los elementos psicóticos son considerados ya normales. La vida no es un teatro, sino una comedia representada en un psiquiátrico y no le importa contarla con tinta envenenada.
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En la fotografía de Àlex Garcia se ve a Carlo Padial tomando notas o quizás haciendo un dibujo en una pequeña libreta de hojas cuadriculadas. Está en la terraza de un edificio del Putxet, entre ropa tendida e hileras de alambres. Podría ser una escena cotidiana y, si fuera un cineasta, podría sugerir una escena de una película neorrealista, pero Carlo Padial (Barcelona, 1977), cuando escribe, no ve lo que ven los demás. En su primer libro de relatos, Dinero gratis (Libros del Silencio), aparece un cafeinómano dispuesto a acabar con el imperio Starbucks, un hombre sujeto a las manías higiénicas de su amante, un ciudadano sin atributos en el paro y enfrentado a una empresa intangible o alguien obsesionado por el éxito fácil de un escritor sin escrúpulos. Son cuentos paródicos de una sociedad en la que los elementos psicóticos son considerados ya normales. La vida no es un teatro, sino una comedia representada en un psiquiátrico y no le importa contarla con tinta envenenada. ¿Qué dilema tiene el onanista televisivo al que haciendo zapping el fatídico día del 11-S se le inmiscuye de repente una imagen del derrumbe de las Torres Gemelas entre las imágenes que le provocan ardor?

Padial se saltaba las clases de la Massana para ir a los cines Icaria y la Filmoteca y empaparse de los filmes de Orson Welles, Robert Bresson, Douglas Sirk, William Wyler o David Lynch, pero lo que le inspira son las series de televisión que arrasan entre sus amigos: Seinfeld, The office o Curb your enthusiasm, un humor irreverente que hace saltar la lógica cotidiana con la mala leche de un Robert Crumb, porque empezó dibujando historietas de cómic en El Víbora, La Cúpula, La Brasería. “Un día se me acercó mi padre, que trabajaba en una entidad bancaria, y me enseñó un dibujo. ‘A ver si puedes hacer tú uno parecido’, me dijo. Mi abuelo y uno de mis tíos eran pintores y si me llamo Carlo es porque a mi abuelo pintor le gustaba mucho Italia. Mi padre me enseñó el dibujo, y yo, que era un niño, no sabía que era una copia. Sólo pensé entonces que estaba muy bien hecho y me puse a dibujar. Por supuesto, si me metí en eso de dibujar fue por mi familia”. Padial se apuntó a la Massana y cuando empezó a dibujar historietas se dio cuenta del trabajo, incluso físico, que le suponía mover las páginas para armar las viñetas. “Me di cuenta de que en la escuela había gente que dibujaba mejor que yo y que a mí me gustaba más la narrativa”. La narrativa literaria o la visual. Padial alterna la escritura con una productora, Los Pioneros del Siglo XXI, de pequeñas series emitidas por la Xarxa.

Carlo Padial no gesticula cuando habla e intenta permanecer con el rostro inexpresivo por muchas ocurrencias que le asalten buscando la extrañeza en lo cotidiano. “Entre mis autores favoritos está Robert Walser y me fascinan sus microtextos del sanatorio. También los diarios de Kafka”. Todas sus referencias juntas forman un cóctel explosivo: Pryor, The office, Zappa, Walser y Lynch. Y no es raro, pues, que una de sus obsesiones confesas sea la de sentirse perseguido por el fantasma de Ángel Pavlovsky o imaginar que pudiera ver su rostro maquillado al mirarse al espejo. “Mi sueño era que me presentara el libro, pero no sé si será posible”, comenta desilusionado.

El absurdo onírico le impide a Padial ser sólo un costumbrista mordaz. “De la gente de mi generación –dice– me asombra la autocensura que se aplican, el miedo que tienen casi todos a decir algo que pueda molestar. Veo un miedo absoluto, quizá un temor a perder el trabajo o a enemistarse con alguien que les pueda perjudicar. Veo mucha estrategia, muchas relaciones públicas de sí mismos, tanto en el mundo literario como en el de la producción audiovisual”.

Bajar a la calle significa para Padial contar las cosas que suceden ahora mismo en Barcelona. No busca temas políticos o trascendentes, sino aspectos del día a día, que por elevación llegan a cuestionar instancias de mayor dimensión. “Me imagino, por ejemplo, a un personaje que en la cuenta corriente de su banco tiene sólo tres euros y le da vergüenza entrar en la oficina y sacar todo su dinero. ¿Qué hacer? No puede técnicamente sacarlo del cajero y el personaje se empieza a obsesionar con que a cada plazo le irán sustrayendo céntimo a céntimo su caudal o que llegará un día en que su cuenta sea negativa y se convierta en deudor del banco”.

Padial tiene 31 años y otra de las cuestiones que le preocupan es la incomunicación y los malentendidos que causa. “Hay –dice– silencios incómodos. Suceden en una reunión con los compañeros de la productora o en una cena con tu novia. De repente alguien dice algo que no debería decir y se da cuenta de ello en ese mismo instante y ya no puede arreglarlo. Las cosas pueden complicarse de manera irrefrenable. O a veces acabas una conversación telefónica con un tono inadecuado que lo estropea todo. Pero ya has colgado. Volver a llamar para deshacer el equívoco puede agravarlo aún más. Hay una incomunicación latente”, acaba su monólogo. Y dejo a Padial preocupado por si ha dicho algo inconveniente.

Mi maestro
Padial dice que no tiene maestros, pero puestos a elegir, cita al cómico norteamericano Richard Pryor. “Era –dice– un afroamericano que se atrevía a decir auténticas barbaridades en los clubs de los años sesenta. Era tan bestia, que los clientes abandonaban el local impactados, porque no aceptaban oír las verdades que él contaba. Su irreverencia influyó después en los guionistas de Los Simpson”. Otro de los maestros de Padial es Frank Zappa. Su sátira de la sociedad americana, no sus temas instrumentales. “Contaba lo que pasaba en la calle con el lenguaje de la calle”.

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