Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Juzgando libros por sus contraportadas" · Carlos Blanco (Vice) -
  2. 13 de Septiembre de 2010
  1. Abluciones: apuntes para una novela, de
  2. Patrick deWitt

En el punto de vista de deWitt no veo yo oda apócrifa al perdedor ni postureo de alcohólico. [...] Resulta que el hombre estuvo un porrón de años trabajando en un bar de mierda y escribe sobre eso, porque no ha hecho otra cosa y se lo conoce demasiado bien. Y da en el clavo tan a menudo que el libro no cansa.
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¿A alguien le apetece leer al “nuevo Bukowski”? Así, de entrada, a mí TAMPOCO. Aún no sé por qué carajo me decidí a leer este ‘Abluciones’ de Patrick deWitt, la verdad. Una simple ojeada a la contraportada debería haber disparado todas las alarmas y consecuentemente ordenado a mi brazo que lanzara el libro por la ventana: “clásico instantáneo de la literatura alcohólica”, “triste, trágico, pero hermoso”, “honestidad brutal” (Andrés Calamaro, cabrón), “muy Tom Waits”, “recuerda al mejor Hunter S. Thompson” (no se me ocurre piropo más envenenado: siquiera rondar el rancho de Thompson sin pisar una mina que se llama “Ridículo Espantoso y Letal” es como bastante improbable). Además, el rey Gonzo y Tom Waits se parecen como un huevo a una castaña. Digo yo.

Pero deWitt no tiene culpa ni responsabilidad alguna en el tinglado de la mercadotecnia editorial, pensé. Y el Frenadol me tenía blandengue, con la guardia baja. A lo mejor fue eso. O a lo mejor es que me siento mal porque me salté una cita con el médico en la que me debía comentar los resultados de una ecografía de mi hígado hinchado. Y varios amigos míos han dejado de beber este verano… No me justifico más, perdón; el caso es que agarré el libro y me lo leí. Y me ha gustado. Bastante.

Lo curioso del tema es que el libro, técnicamente, sí es lo que me temía. Una sucesión de chupitos, potas, resacas, polvos insatisfactorios, píldoras, coches que no funcionan, desahucios, mujeres que se largan, lloreras, camaradería disfuncional y chistes hijoputescos. En el microcosmos de un bar de mierda en Hollywood, tomando notas detrás de la barra durante el lento suicidio colectivo que allí se lleva a cabo noche tras noche y tal y tal. Buuurp. Pero cuando iba por la mitad del libro, vi como bastante claro que en todo caso el Bukowski del demonio habría estado al otro lado de la barra. Es decir, que deWitt es un camaruta alcohólico que le da al Jameson y se come mucho el coco, sí, pero está hasta la puta coronilla precisamente de escuchar esa sarta de monsergas balbuceantes y empapadas de “poder poético” (otra frase de la contraportada). Por lo menos, el punto de vista de deWitt no veo yo oda apócrifa al perdedor ni postureo de alcohólico. Es más, quiero creer que todo eso le da tanta grima como a mí. Pero resulta que el hombre estuvo un porrón de años trabajando en un bar de mierda y escribe sobre eso, porque no ha hecho otra cosa y se lo conoce demasiado bien. Y da en el clavo tan a menudo que el libro no cansa. (“¿Hay algo más deprimente que el hábitat de una mujer joven sin rumbo?” Ja.) El chorreo de escenas y personajes tragicómicos sólo se interrumpe en la tercera de las cuatro partes en las que se divide el libro, una escapada en coche a Las Vegas y a una comunidad de mormones que viven en casas sobre ruedas y a nosequé pueblo donde se celebra un rodeo y hay camareras de mediana edad de mirada triste que aún tienen un polvo y muchos vaqueros borrachos que buscan pelea. Vamos, pura mitología americana, una miniroadmovie más vista que el tebeo. Y aún así, se las apaña el tío para no regodearse románticamente en su patetismo. Está enfermo y le da anfetas a un caballo y está haciendo el gilipollas y él lo sabe y te lo cuenta con una frialdad que yo tomo por elegancia. Y si no sueltas el libro durante este “viaje iniciático” (qué escalofríos da el término, ¿eh?) más bien sosainas y absurdo, verás cómo el tipo planea salir del pozo. De la única manera posible, por las bravas.

Ah, vale, creo que ya recuerdo por qué empecé a leer el libro: había visto hace unos meses este vídeo promocional con dibujos de Carson Mell, un ilustrador cojonudo, del que me han dicho que tengo que leer sí o sí el libro ‘Saguaro’.

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