Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "La Capitana, hora final" · Teresa Sesé (La Vanguardia) -
  2. 08 de Mayo de 2013
  1. Carmen Amaya 1963. Taranta. Agosto. Luto. Ausencia, de
  2. Ana María Moix

La exposición, Carmen Amaya, 1963, toma prestado el título del libro con textos de Ana Maria Moix que ahora ha sido reeditado por Libros del Silencio y que incorpora una nueva biografía. Moix, cómplice necesaria de Colita en su reivindicación a la hora de rescatar el talento de una mujer que el franquismo "ignoró con desdén" por mujer y por gitana, "que había tenido la osadía de triunfar en el mundo con un arte de seres marginados".
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Mientras el féretro con los restos mortales de Carmen Amaya, la Capitana, enfilaba campo a través hacia el cementerio de Begur, Can Pinc, la masía con vistas a las islas Medes que la bailaora había elegido para pasar sus últimos días, era asaltada por bandadas de gitanos que se llevaban sus vestidos de baile, la colección de vírgenes, el abrigo de visón, las guitarras... Lo único que dejaron fue el somier desnudo donde sólo unas horas antes yacía el cadáver, un rosario negro entre sus manos entrelazadas. "Para ellos era una santa, una diosa, una reina... No se llevaban objetos de valor, sino reliquias", recuerda Colita, por aquel entonces otoño de 1963, una joven fotógrafa de 22 años "deslumbrada" por la mejor bailaora de todos los tiempos.

Sólo seis meses antes, la fotógrafa la había retratado mientras descendía, con su abrigo de astracán y un gran cesto de paja, por la escalerilla del avión que la trajo de vuelta a casa; había sido testigo del reencuentro con los suyos, gitanos del Somorrostro donde de niña aprendió a bailar acompañada por el murmullo del mar y el paso de los trenes; siguió plano a plano el rodaje de Los Tarantos, la película de Rovira Beleta que tenía que haber protagonizado Lola Flores, y luego la siguió a su refugio de Begur. "Habíamos conocido a una diosa y no queríamos dejarla", recuerda. Luego la lloraría en silencio mientras era velada por la madre, observaría desde la distancia el dolor de su viudo, Juan Antonio Agüero, que la quiso para sí incluso después de muerta y, desbordado por el festivo peregrinar de gitanos de todo el mundo, se llevó el cuerpo al panteón familiar en Santander dejando en su tumba "un vacío tan enorme que duele...". "Pero la única muerte definitiva es el olvido", dice Colita "y, por suerte, los fotógrafos podemos luchar contra eso". Esos últimos meses de vida de La Capitana, desde ese mes de marzo en que descendió del avión, en el aeropuerto del Prat, después de triunfar en el mundo (había partido con la guerra civil y al poco era una estrella de Hollywood que llegó a rodar a las órdenes de directores como Orson Welles, se codeaba con Marlon Brando, Greta Garbo y Clark Gable y bailó para el presidente Roosevelt), hasta la desolación de ese somier vacío, pueden seguirse (casi sentirse) a través de la cincuentena de fotografías que se exponen en La Virreina Centre de la Imatge, dentro de los actos programados con motivo del Año Carmen Amaya.

La exposición, Carmen Amaya, 1963, toma prestado el título del libro con textos de Ana Maria Moix que ahora ha sido reeditado por Libros del Silencio y que incorpora una nueva biografía. Moix, cómplice necesaria de Colita en su reivindicación a la hora de rescatar el talento de una mujer que el franquismo "ignoró con desdén" por mujer y por gitana, "que había tenido la osadía de triunfar en el mundo con un arte de seres marginados".

"Si no bailo me muero", repetía Carmen Amaya, y la escritora desvela en un hermoso texto hasta qué punto en ella era una necesidad, "una necesidad fatal". La bailaora se enteró ese mismo 1963, cuando permitió que la visitara el doctor Antoni Puigvert. "La Capitana sufría, desde hacía años, una grave insuficiencia renal que le impedía eliminar las toxinas, que acabaron envenenándole el organismo. Pero el baile, al tiempo que la debilitaba, le hacía eliminar toxinas a través del sudor. Cuando abandonara el baile, caería en manos de la enfermedad. Tenía razón: si no bailaba se moría". Lo hizo por última vez el 24 de agosto, por una causa benéfica. Bailó por alegrías, pero no pudo terminar.

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