Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "El diablo de Donald Ray Pollock. La maldición de los desgraciados" · Janter (Bitácora de un fracasado) -
  2. 16 de Mayo de 2013
  1. El diablo a todas horas, de
  2. Donald Ray Pollock

Una magnífica novela de Ray Pollock, la del diablo persiguiendo a los desgraciados que corren para despeñarse en el desfiladero más próximo. Malvados e ingenuos, verdugos y víctimas, todos quedan humanizados con ese recurso tan eficaz: la ternura. Por medio de ella, una debilidad, una caricia, el gusto por una canción o un recuerdo, acerca el personaje a quien lo está leyendo.
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La semana pasada empecé a escribir sobre El diablo a todas horas, de Donald Ray Pollock, pero acabé hablando sobre Wittgenstein, los perros y los escritores aburridos. Por eso ayer me llamó Donald para preguntarme cuándo coño iba a hablar de su novela.

-Bueno, ya sabes cómo son estas cosas.

-No lo sé, joder. ¿Te ha gustado o no?

-Claro que me ha gustado, aunque pienso que al final se te ha ido un poco la mano.

-Que se me ha ido la mano... ¿Quién coño eres tú para decirme que se me ha ido la mano?

-Nadie, pero como el blog es mío digo lo que me sale de los huevos.

-Pues tienes razón. Oye, ¿es cierto eso de que lo poco que sabes de sexo lo aprendiste de los perros callejeros?

Es cierto que lo poco que sé lo aprendí de aquellos perros fornicadores. A lo mejor ese aprendizaje también podría formar parte de las historias que aparecen en El diablo a todas horas, una colección de historias de gente desgraciada y fea, de esas a las que nunca se le presenta ninguna oportunidad, condenadas desde su nacimiento a seguir un único camino que los lleva al desastre.

Pollock no se pega a un único personaje como si fuera una garrapata en la oreja de mis chuchos. Emplea la técnica coral, que consiste en una galería de personajes patéticos que van del veterano de guerra que sacrifica animales para intentar sanar a su esposa, a un sheriff corrupto y alcohólico, o unos predicadores que emplean arañas en sus sermones, una pareja de asesinos en serie que cazan autostopistas, un chaval que mata ardillas con una Lugger o un pervertido que siente debilidad por las niñas tiernas y vírgenes.

Son un ramillete de seres varados en Coal Creek, un pueblucho de Virginia Occidental, que malviven impulsados sólo por el instinto de supervivencia. Ese instinto los embrutece y acaban chapoteando en un charco de violencia y sangre, como alimañas acorraladas en su madriguera. Lo mismo que en las obras de Cormac McCarthy o Faulkner, los desheredados se convierten en héroes, unos titanes deformes que sobreviven en la mitología del fracaso.

-¿Por qué dices que se me ha ido la mano? –Me preguntaba.

-Porque llevas muy lejos lo que te leí hace poco en una entrevista, eso de que quieres pensar que los malos acaban recibiendo su merecido.

-Pues claro, la novela es mía y la he escrito como me ha salido de los huevos.

-Ok, dales recuerdos a los Black Keys si te los encuentras por Ohio.

Sí, cada uno escribe su novela como le da gana, aunque pienso que llega un momento en que una narración adquiere un desarrollo natural e independiente, y chirría cuando intervienen los prejuicios o la moral del escritor. La conciencia hay que dejarla en el perchero y volver a ponérsela cuando uno sale de casa para ser amigo, padre, amante o empleado de Correos.

Sin embargo, esto no empaña una magnífica novela de Ray Pollock, la del diablo persiguiendo a los desgraciados que corren para despeñarse en el desfiladero más próximo. Malvados e ingenuos, verdugos y víctimas, todos quedan humanizados con ese recurso tan eficaz: la ternura. Por medio de ella, una debilidad, una caricia, el gusto por una canción o un recuerdo, acerca el personaje a quien lo está leyendo.

Porque en el fondo, aunque pensemos que somos ángeles, también tenemos mucho de demonios. Somos Lenora (la chica fea y beata), y también somos Preston Teagardin (el predicador pederasta), somos almas cándidas y mentes retorcidas, espiritualidad y perversión, somos los chicos que jugaban al dedo apestoso con el coñito de Janey Wagner, el marido que no se resigna a que muera su amada esposa, el sheriff que tira por el camino fácil o el chico que se venga pistola en mano.

Y muy en el fondo también tenemos algo de Carl y Sandy Henderson, la pareja que asesina ‘modelos’ en sus cacerías de sexo, fotos y sangre. Sandy, cuya sonrisa “insinuaba hasta la posibilidad más sucia que un hombre pudiera imaginarse”, y Carl, el gordo seboso, aunque sólo fuera porque su canción favorita aquel verano era Ring of Fire, de Johnny Cash.

Qué grande Johnny Cash.

Leer en [Bitácora de un fracasado]

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