Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "'Hijos de la luz'; de Robert Stone" · David Sánchez Usanos (Factor Crítico) -
  2. 20 de Mayo de 2013
  1. Hijos de la luz, de
  2. Robert Stone

Robert Stone es un producto fiable. […] Siempre me apetece leer lo que tiene que contarme, siempre me da alguna visión de las cosas en la que me reconozco, sí, pero a través de la que aprendo algo nuevo. […] Hijos de la luz es la historia de una larga resaca. La de las biografías de los implicados, que siempre parecen estar mirando por el rabillo del ojo una gloria que quedó atrás, y la de la industria del entretenimiento. […] Se lee de un tirón y, siendo triste, irradia una extraña belleza que me parece irresistible. Hijos de la luz es una apuesta decidida por la lírica […] y una vindicación absoluta de los sueños.
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La aventura, el riesgo y la incertidumbre tienen mejor prensa, pero creo que, en el fondo, a todos nos gusta la seguridad. Un nombre con el que sepamos a qué atenernos, unas letras sobre el lomo de un libro que nos ofrezcan ciertas garantías. Ello no necesariamente quiere decir previsibilidad, pero sí calidad e interés. Esto va a parecer el anuncio de un Volvo, pero no se me ocurre mejor manera de decirlo: Robert Stone es un producto fiable. Da igual que hable de narcotráfico, Vietnam y contracultura (Dog soldiers), de sus andanzas en los años sesenta (Recordando los sesenta) o, como aquí, de la industria del cine en los ochenta. Siempre me apetece leer lo que tiene que contarme, siempre me da alguna visión de las cosas en la que me reconozco, sí, pero a través de la que aprendo algo nuevo.

«Se mojó la mano y se frotó la cara. Cuando alzó la vista vio montañas pardas a través de la ventana de la cocina, una abrupta cresta coronada de niebla que dominaba un despellejado valle verde. Era un día deslumbrante, salpicado de promesa.

—Puta California— dijo en voz alta. Todavía estaba medio borracho.

Ni siquiera después de veinte años era inmune a las mañanas de California. Suponía que para él debían de representar la búsqueda de la felicidad»

¿De qué trata Hijos de la luz? Gordon Walker es guionista de cine, conoce su oficio, pero parece que sus mejores días quedan lejos. La dieta que sigue a lo largo de estas páginas jamás la recomendarán nueve de cada diez dentistas, su mujer ha hecho las maletas y la relación con sus hijos es, en el mejor de los casos, distante. Lee Verger es actriz, pero hace mucho que ya no es una niña. Está inmersa en el rodaje de una película en México que quizá sea su último cartucho para esa gloria con la que sueñan todos los que se suben a un escenario. Su familia no termina de hacerla feliz y, sobre todo, no consigue mantener a raya a los demonios de la locura.

El repertorio de motivos de la historia de la literatura es bastante limitado. Al fin y al cabo, las cosas que nos agarran por el estómago y nos hacen pasar las páginas son las mismas desde hace siglos: el amor, el crimen, la muerte, la locura. En esta novela no hay crímenes, pero sí es una historia de amor amenazada por el resto de elementos de la ecuación. Sus protagonistas se parecen demasiado a juguetes rotos, pero conservan el discernimiento de lo que más importa: saber dónde está lo bueno, lo verdadero y lo bello. Saber cuándo hay magia y cuándo no.

Hijos de la luz es la historia de una larga resaca. La de las biografías de los implicados, que siempre parecen estar mirando por el rabillo del ojo una gloria que quedó atrás, y la de la industria del entretenimiento. Ah, el cine: factoría de ilusiones llevada por sátiros sin escrúpulos, caravana de aventureros que siempre tienen algo que esconder. La imagen del cine que nos ofrece este libro, la fotografía de los que sostienen ese suntuoso decorado, no dista de la que muchos puedan tener: ahora hay menos dinero, menos riesgo y posiblemente menos talento. La majestad, si alguna vez la hubo, también se conjuga en pasado. Pero la rueda sigue girando, y siempre habrá escritores que se creen mejores de lo que son y una pelirroja dispuesta a lo que sea por hacerse un hueco en el próximo reparto. Con todo, de vez en cuando, siguen pasando cosas.

El mundo de Hijos de la luz es un mundo que se viene abajo y, que nadie se confunda, tanto Gordon como Lee contribuyen activamente al derrumbe. Pero, entre los escombros, brilla la integridad, la entrega a un arte que alguna vez les prometió la inmortalidad e, insisto, un amor que, en medio de esa mezquina telaraña, aparece como lo único sólido, lo único puro.

No sé si es el mejor libro de Robert Stone, pero se lee de un tirón y, siendo triste, irradia una extraña belleza que me parece irresistible. Hijos de la luz es una apuesta decidida por la lírica en la que podemos encontrar ecos de William Burroughs y de Norman Mailer, citas de Shakespeare y una vindicación absoluta de los sueños: aquello que tira de nosotros, que contiene las lágrimas al contemplar al fantasma del espejo y que nos impide apretar el gatillo cuando reina la desesperación. En fin, Hijos de la luz bien pudiera ser un blues con el que Robert Stone nos recuerda que un hombre sin sueños es un hombre sin alma y que, aunque nos empeñemos en hacer trampas, las reglas del juego siguen siendo las mismas.

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