Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

Si quieres recibir información sobre nuestros títulos, suscríbete a nuestro boletín aquí.

  1. "Pollock: 'Tengo una visión fatalista del mundo'" · Jordi Nopca (Ara) -
  2. 04 de Mayo de 2013
  1. El diablo a todas horas, de
  2. Donald Ray Pollock

«Conviví con la violencia desde muy pequeño. Hay una imagen que me ha perseguido durante toda la vida: cuando tenía seis años, mi madre me envió a comprar alguna cosa a la tienda del pueblo, y mientras estaba allí entró una mujer con la cara llena de sangre, después de haber sido apuñalada por su marido.»
· · ·

Donald Ray Pollock y Junot Díaz, dos nombres de peso de la literatura norteamericana, están hoy en Barcelona para participar en el festival Primera Persona, en el CCCB.

Muchos lectores que empiecen a leer su primer volumen de cuentos, Knockemstiff, o la novela El diablo a todas horas, seguramente se preguntarán: ¿es tan duro vivir en el Ohio rural, que usted conoce en primera persona?

No, no! [Ríe.] Durante muchos años, Knockemstiff ―mi pueblo― tuvo la reputación de ser un lugar muy duro. Yo mismo vi allí unas cuantas peleas de bar contundentes, e incluso un par de heridos con arma blanca. Pese a todo, yo me sentía seguro allí, quizá porque es donde había nacido. No fue hasta que empecé a escribir que me decidí a expandir la mala reputación de mi ambiente.

La peste de la fábrica de papel donde trabajó durante años es una constante en los cuentos de Knockemstiff. Pasa lo mismo con la frustración de los personajes: son incapaces de quitársela de encima.

Compartí durante muchos años la frustración de los personajes. Habría preferido vivir en la ciudad, por ejemplo, pero al mismo tiempo sabía que el trabajo en la fábrica era el mejor que podía conseguir. Igual que algunos personajes, me sentía atrapado en un entorno y viviendo unas circunstancias de las que no podía escapar. Cabe decir que en la ficción esto suele ser culpa de los propios personajes, el hecho de estar atrapados: o se vuelven adictos a alguna droga o cometen algún error estúpido.

¿Cree que la mayoría de sus personajes están condenados?

Diria que sí… [Ríe.] Cuando estudiaba escritura creativa no paraba de oír que los conflictos son necesarios para mantener al lector atento; quizá yo llegue a excederme, incluso. Reconozco que no hay demasiada redención en lo que escribo. Tengo una visión fatalista del mundo.

Aparte de los escenarios vividos donde ambienta los cuentos y la novela, ¿qué parte de observación personal y qué parte de imaginación hay en su ficción?

Geográficamente soy muy preciso: es un hecho. Las carreteras y los ríos están exactamente en los sitios que menciono. Incluso el vertedero. La mayoría de lo que explico es el resultado de mi imaginación, pero de vez en cuando aparece algún elemento que he visto u observado. La tienda de dónuts y la camarera de «Bactine» son reales. «El hoyo de la dinamita», que explica la vida de un asesino en un autobús abandonado, también parte de un hecho real: conocía a un tipo que se pasó en uno de ellos dos años, y era un sitio que me resultaba muy familiar.

La violencia está muy presente, tanto en Knockemstiff como en El diablo a todas horas. En la novela hay un par de asesinos en serie, dos hermanos que son capaces de cometer un crimen terrible ―y en nombre de Dios― y un padre que mata porque con la sangre de las víctimas cree que salvará a su mujer, enferma de cáncer.

Conviví con la violencia desde muy pequeño. Hay una imagen que me ha perseguido durante toda la vida: cuando tenía seis años, mi madre me envió a comprar alguna cosa a la tienda del pueblo, y mientras estaba allí entró una mujer con la cara llena de sangre, después de haber sido apuñalada por su marido. Mi propio padre era bastante violento. Era un tío duro, y en ocasiones perdía el control. Cuando era un niño me fijaba mucho en la violencia porque me daba miedo. Después, de mayor, cuando bebía, pasé muchas horas en bares que estaban hechos una mierda, igual que la gente que iba allí.

En El diablo a todas horas la religión es omnipresente. Hay sacrificios, misterios aterradores, violaciones a cargo de un reverendo…

En casa no éramos religiosos, pero vivíamos muy cerca de una iglesia y teníamos vecinos muy creyentes. Siempre me ha fascinado la gente que es capaz de tener creencias religiosas profundas. Creer que aquel es el camino, y estar convencido de ello, me parece admirable. Yo me he pasado un montón de años rompiéndome la cabeza tratando de encontrar el mejor modo de vivir. Durante estos días, en Barcelona, probablemente lo que más voy a visitar ―acompañado por mi esposa― serán iglesias. No lo hacemos por devoción, simplemente recordamos que son pilares de la cultura occidental.

Igual que ocurre en las novelas de Harry Crews y Cormac McCarthy, sexo, violencia y precariedad van unidos.

El imaginario del sur de los Estados Unidos ha sido muy importante para mí desde que empecé a escribir ficción. Me sentía más cercano al Mississippí de William Faulkner que al feeling neoyorkino de los relatos y las novela de John Cheever.

 

El diablo a todas horas

Fue el editor Gonzalo Canedo (1955-2013) quien dio a conocer Pollock con Knockemstiff (Libros del Silencio, 2011). Un año más tarde, Francesc Rovira firmó la espléndida traducción de El dimoni a cada pas / El diablo a todas horas (Empúries / Silencio), una novela adictiva en que la relación entre un padre y un hijo da paso a una galería de personajes oscuros, protagonistas de situaciones tenebrosas. 

Descargar archivo en (.pdf)

Envía a un amigo


Aviso Legal

Libros del silencio

Castillejos 352, Bajo - 08025 Barcelona Tel: +34 | 934766919 - Fax: +34 | 934591026 - [email protected]