Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Nueva literatura del desencanto" · Jorge Carrión (Cultura|s, La Vanguardia) -
  2. 24 de Abril de 2013
  1. El niño que robó el caballo de Atila, de
  2. Iván Repila

Una brutal fábula beckettiana. […] Su final es catártico, esperanzador y violento. Un final utópico y lorquiano que nos recuerda que solo el lenguaje podrá salvarnos. 
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Las voces más jóvenes van más allá de la crisis y se adentran en el conflicto generacional, la culpa, la idea de futuro y la posibilidad de rebelión

¿Es posible escribir en la España de estos años aciagos sin subrayar la desilusión, la falta de esperanza? ¿Cómo están plasmando particularmente esa decepción los escritores más jóvenes, en muchos casos ellos mismos precarios? La precariedad atraviesa la literatura española al menos desde El Lazarillo, pero cada época la ha representado de modos distintos. Muchas de las novelas que se están dando en llamar “de la crisis”, creadas en la retórica del realismo, han sido escritas por autores de la generación de los políticos y los empresarios que nos llevaron a ella; tal vez sea mucho más interesante pensar esta crisis a través de un campo semántico que amplíe el horizonte y con él nuestras posibilidades de comprensión. Es decir, no se trata sólo de la burbuja inmobiliaria, de los desahucios, del paro, de la reducción de la clase media, de la emigración; sino también del conflicto generacional, de la administración de culpas, de la idea de futuro, de la posibilidad de la rebelión y de la revolución, de las estrategias de resistencia y de supervivencia, del crédito o el descrédito de la esperanza, de las múltiples formas de representación de un contexto que no se agota en el reportaje convencional ni en la novela realista.

Cuando leemos en Intento de escapada, de Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977), la peripecia que le permitió a un joven investigador español entrar en la Universidad en unas condiciones laborales razonables, en unas páginas finales de una candidez conmovedora, en que el protagonista parece evitar –con dignidad– la salpicadura de mierda de una Academia aliada con las ferias del arte, pensamos inmediatamente que esa pureza no es verosímil. No es posible entrar en ese sistema sin la caída previa. Hernández lo sabe y, en un brillante giro argumental, en la ultimísima página, nos revela que en efecto su héroe se vendió. Nadie es puro. Nadie está a salvo. Tampoco Jacobo Montes, trasunto en la ficción del artista Santiago Sierra, que ha hecho de lo precario y de lo crítico las categorías medulares de su obra, sin experimentarlas en su propia piel, gracias a sualta cotización en las instituciones y en el mercado.

Algunos años más joven, Javier López Menacho (Jerez de la Frontera, 1982) relata en Yo, precario cómo inmediatamente después de que el personaje de Hernández ingresara como funcionario en el sistema universitario, las puertas del mundo laboral se cerraron para toda la generación siguiente. Su libro está recorrido por metáforas de la huida. Aunque observamos en él una tierna empatía hacia quienes lo rodean, no existen respuestas colectivas a la pregunta individual: ¿Qué hago con lo que me dijeron que era el futuro? Por eso su yo se parece al fugitivo de otro libro reciente, Será mañana, primera novela de Federico Guzmán Rubio (Ciudad de México, 1977), ambientada en Madrid en lugar de Barcelona, y protagonizada por una suerte de Espíritu de la Revolución. Aunque la narración sea fantástica, y en ella haya episodios de gran exuberancia estilística ambientados en diversos escenarios de las revoluciones del siglo XX, el presente narrativo es el nuestro: una España triste y compungida.

Si El hombre de la multitud de Poe sólo sabía vivir en compañía de la masa, Barrunte, el Revolucionario de Federico Guzmán Rubio, sólo es capaz de imaginarse involucrado en guerra de guerrillas y en revueltas políticas. Su lenta extinción, en un Madrid que pese a todo reúne los requisitos para una nueva toma de la Bastilla, es la extinción de la posibilidad de rebelarnos con violencia o, al menos, con convicción utópica, ante la situación que padecemos.

Yo, precario comparte con otros títulos recientes (como A la puta calle, de Cristina Fallarás), y con un sinnúmero de blogs, el retrato de una misma hostilidad. La hostilidad laboral que se multiplicó en el cambio de siglo cuando cayeron las cuotas de bienestar y el compañero se convirtió en rival: «viviendo en la incertidumbre», escribe López Menacho, «ya no hay compañeros de trabajo, sino enemigos». Comparten también la fe en el testimonio en primera persona, escrito con las herramientas que brinda la literatura, en un tono cercano al periodismo gonzo. Esos textos pueden leerse como un cambio de orientación: los escritores nos hemos convertido en las víctimas de la crisis, sus protagonistas ya no son ficticios, somos nosotros, y pocas ganas nos quedan para la ficción. Como escribe Fallarás: «Ustedes son de los que creen que lo que no se nombra, no existe. Ustedes acostumbran a pensar que los pobres y los deshauciados no saben escribir ni expresarse. Ya verán qué pronto se les va a pasar».

 Sólo el lenguaje podrá salvarnos

Algunas de las reflexiones más afiladas que he leído sobre estos negros años españoles están en 2020, la novela de Javier Moreno (Murcia, 1972), en que Eurovegas ya es una realidad y la T4 de Barajas se ha convertido en un albergue de indigentes en aviones abandonados, donde vive el propio escritor: «Tenían razón los que pregonaban que la crisis era una época de oportunidades. La miseria siempre ha sido una oportunidad al alcance de cualquiera». Al contrario que muchos de sus contemporáneos de todas las edades, el autor de Alma intenta pensar el concepto de revolución en nuevos términos, en un contexto donde tomar espacios físicos ya no es útil, porque «lo único que importa es el flujo». De ahí el descrédito del funcionariado: una apuesta perdedora por lo sólido en la época de lo gaseoso.

Una última afirmación de Moreno («La pobreza empieza con la precariedad de la sintaxis») conecta su ficción con El niño que robó el caballo de Atila, de Iván Repila (Bilbao, 1978), una brutal fábula beckettiana protagonizada por dos hermanos que se ven sometidos a las inclemencias de un pozo. Su final es catártico, esperanzador y violento. Un final utópico y lorquiano que nos recuerda que solo el lenguaje podrá salvarnos: «que nos despertemos mañana de este sueño nefasto con el coraje de un mar que se desborda, arrasando los muros que nos silenciaron, recuperando el sitio, tomando la palabra». Porque todo es lenguaje y esta crisis, como todas, está hecha de semántica, de gramática, de sintaxis, de textos. 

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