Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Niños que pisotean como Atila" · Sara M. Bernard (¡Libres para nada!) -
  2. 18 de Abril de 2013
  1. El niño que robó el caballo de Atila, de
  2. Iván Repila

Una prosa altamente poética, la agria sensación de estar encerrados en un pozo donde se acumula la mierda humana. […] Una reconciliación con el lenguaje, gracias a ese tono de fábula moderna, donde hay conceptos varios (depende de cada lector) detrás de cada cosa. […] Bajo esa fábula moderna, a lo grande puede ser una crónica más impresionante de la crisis social actual, sin que aparezcan ni la palabra "crisis" ni la palabra "dinero", por ninguna parte. Y a lo pequeño, pueden ser decenas de situaciones punzantes que te pisotean línea a línea. 130 que parecen 300.
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Lo de Iván Repila ha sido extraño desde el principio. Si tienes entre manos libros de 500 y 300 páginas, en papel, la sensación de El niño que robó el caballo de Atila (Libros del Silencio, 2013) da miedo, con 130 páginas de texto nada más. ¡130 y con letra tamaño 14! ¿Qué es esto?

Y el libro ha durado apenas dos horas, un suspiro. Incluyo el tiempo para levantarse a cocinar el almuerzo, almorzar y levantarse después a poner una cafetera.

Es posible que se hiciera un paréntesis temporal porque, hombre, no podía dejar de leer con los niños ahí metidos en el pozo...

La historia es esa: dos hermanos, de nombre el Grande y el Pequeño. Están en un pozo. El verbo es están, no sabemos si se han caído, si los han tirado, si han entrado para explorarlo. Pero se han quedado atrapados e intentan salir de ahí. Y sobrevivir.

Sufrimos con ellos todo el proceso: los sentimientos cambiantes del amor al odio, las alucinaciones, el hambre, la menos hambre degustando los mismos gusanos y tierra que mastican ellos, reflexiones, despersonalización, enfermedad, rutinas.

Y seguimos sin saber qué hacen ahí, con una bolsa de comida que guardan celosamente para entregarla a la madre, cuando salgan, mientras comen raíces.

Y capítulos geniales como el proceso momentáneo de afasia que sufre el Pequeño:

 

—¿Carlas lo destingo? Némame.

 

Y sobre todo, una prosa altamente poética, la agria sensación de estar encerrados en un pozo donde se acumula la mierda humana, un pozo tan tenebroso como el de la niña de The Ring, narrado como si estuvieras en un campo de amapolas donde no puedes moverte porque se rompen:

Al anochecer, fatigado, cuando la brisa y el agua empiezan a borrar suavemente los surcos que tanto esfuerzo le ha costado labrar, el Pequeño decide, con la seguridad de quien todo recuerda, que el resto de su vida llevará consigo materiales de escritura, papeles y lápices, tinta, plumas, viejos libros, con los que pueda constatar para siempre los milagros de su iluminación. Y traducir, como un sonámbulo, lo impronunciable.

Son unas simples líneas al azar. Si empezara a poner más ejemplos, debería copiar el libro entero. Pero ha sido una reconciliación con el lenguaje, gracias a ese tono de fábula moderna, donde hay conceptos varios (depende de cada lector) detrás de cada cosa. Nada que ver con las arcadas preciosistas de engendros como Intemperie, en la que el abigarramiento lingüístico es un cascarón vacío porque detrás no hay ideas, sólo el gusto por la propia metáfora, sin ninguna sustancia.

Y por supuesto, el final sorpresivo, del que no se puede hablar por peligro de spoiler. Sorpresivo pero no sorprendente, como dicen otras reseñas; está claro que los críticos profesionales leen con el culo o tienen poca imaginación, porque ese final lo esperaba desde mitad de la narración.

Bajo esa fábula moderna, a lo grande puede ser una crónica más impresionante de la crisis social actual, sin que aparezcan ni la palabra "crisis" ni la palabra "dinero", por ninguna parte. Y a lo pequeño, pueden ser decenas de situaciones punzantes que te pisotean línea a línea.

130 que parecen 300.

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