Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "El niño que robó el caballo de Atila" · Javier Moreno (Micro-revista) -
  2. 05 de Abril de 2013
  1. El niño que robó el caballo de Atila, de
  2. Iván Repila

La escritura de Iván Repila es descarnada, monda como un hueso cuyo fósforo destella en la penumbra. […] Esta es una novela que se lee con el corazón en un puño, claustrofóbica, como no podía ser de otra manera. […] Contundente, bien escrita, una especie de cuento elaborado no para dormir a los niños sino para desvelar a los adultos.
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Conozco mis debilidades literarias (las otras no vienen aquí a cuento). Una de ellas es otorgar un rango de privilegio a los autores capaces  de variar su registro de una obra  a otra. Los autores monolíticos me pueden entusiasmar con una novela, gustarme con la segunda. A la tercera me aburro. La inconstancia es una virtud a considerar en mi escala de valores. Por eso siempre preferiré los gatos a los perros.

Quede dicho lo anterior para manifestar mi buena disposición respecto a Iván Repila, el autor de El niño que robó el caballo de Atila. Iván Repila debutó como novelista con Una comedia canalla, un libro que no tiene nada que ver ni temática ni formalmente con el libro que aquí nos ocupa. Yo, personalmente, pese a la inconmensurabilidad de ambas obras, me quedo con esta segunda. El niño que robó el caballo de Atila narra la historia de dos hermanos encerrados en un pozo y su esfuerzo denodado por la supervivencia en condiciones tan extremas. El hermano mayor representa la disciplina y el cálculo prometeico. El menor la imprevisión y la aparente debilidad del temperamento artístico. La escritura de Iván Repila es descarnada, monda como un hueso cuyo fósforo destella en la penumbra. El lector vibra al compás de los padecimientos de la joven pareja, sorprendido por la tozuda madurez del mayor y la ternura iconoclasta del más pequeño.

Esta es una novela que se lee con el corazón en un puño, claustrofóbica, como no podía ser de otra manera. Poco a poco el lector va desentrañando las pequeñas claves que se esconden en algunos objetos y en algunas frases de la novela, desvelando su naturaleza de maquinaria de relojería. Estamos ante una novela contundente, bien escrita, una especie de cuento elaborado no para dormir a los niños sino para desvelar a los adultos. La literatura en nuestro país está empezando de un tiempo a esta parte a producir obras sórdidas y descarnadas. Rafael Pinedo (de la mano de Salto de Página) abrió la veda que continuaron Cristina Fallarás (Últimos días en el Puesto del Este) o Jesús Carrasco (Intemperie). Parece que el español se encuentra ahora más que nunca en disposición de leer sin pestañear este tipo de historias viscerales y más bien cabronas. Conclusión: algo le debe estar pasando a la literatura y a los españoles. Solo pondría un reparo a El niño que robó el caballo de Atila: el final. Las últimas páginas parecen querer llevarnos a un lugar que ya estaba implícito en el resto de la novela. La última escena trunca precisamente la lectura alegórica, abierta en múltiples direcciones, en aras de un cierre de sentido demasiado estricto y, a mi parecer, extemporáneo si lo comparamos con las páginas que lo preceden. Es solo una pequeña objeción. El resto es, ya digo, sufrido deleite.

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