Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Robert Stone: 'Ya no me dejo llevar por la ambición' · Entrevista a Robert Stone · Inés Martín Rodrigo (ABC) -
  2. 29 de Marzo de 2013
  1. Hijos de la luz, de
  2. Robert Stone

«Los protagonistas son almas perdidas en el cruel mundo del cine, aunque hay humor. Quería entretener, pero buscaba reflejar ciertas verdades de la vida y del arte. Como escritor, fue un periodo muy feliz para mí, pese a las tristes vidas de los protagonistas. Adoro a Lu Anne y llegué a perdonar a Walker.»
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«Hijos de la luz», novela inédita en España, se ha publicado recientemente. En esta entrevista con ABC, el autor norteamericano, miembro de la Generación Beat, repasa su vida y habla de su regreso a la ficción tras diez años de ausencia.

El antojo que a veces rige la industria editorial de nuestro país ha hecho que Robert Stone (Nueva York, 1937) sea en España un completo desconocido, si lo comparamos con compañeros de fatigas como Jack Keroauc (1922-1969), Allen Ginsberg (1926-1997) o Neal Cassady (1926-1988). Sin embargo, su obra es tan sólida como la de cualquiera de los integrantes de la Generación Beat y su voz es un referente de la literatura norteamericana del siglo pasado.

Libros del Silencio editó en 2010 (con prólogo de Rodrigo Fresán) «Dog Soldiers», novela con la que Robert Stone logró el National Book Award en 1974 y que fue llevada al cine por Karel Reisz con Nick Nolte como protagonista (en España se estrenó bajo el título de «Nieve que quema»). A principios de este año, se publicó la también inédita «Hijos de la luz», escrita en 1987 y punto de partida de esta extensa conversación, en la que el escritor estadounidense repasa su vida y habla de su regreso a la ficción, tras diez años de ausencia.

Escribió «Hijos de la luz» en 1986. ¿Qué recuerda de su elaboración?

Es la novela que menos tiempo tardé en escribir (solo un año) y disfruté mucho de su elaboración. Antes de escribir, había adaptado dos novelas a guiones que resultaron películas bastante mediocres. Tenía amigos que trabajaban en la industria cinematográfica e, incluso, yo había llegado a hacer algún pequeño papel. Los protagonistas son almas perdidas en el cruel mundo del cine, aunque hay humor. Quería entretener, pero buscaba reflejar ciertas verdades de la vida y del arte. Como escritor, fue un periodo muy feliz para mí, pese a las tristes vidas de los protagonistas. Adoro a Lu Anne y llegué a perdonar a Walker.

Lu Anne es esquizofrénica, como su madre.

Lu Anne tiene ciertos aspectos de mi madre, pero sobre todo refleja los problemas individuales de gente que yo conocía, especialmente mujeres, algunas de ellas actrices.

¿Por qué decidió convertirse en escritor? ¿Hubo algún libro o autor que le motivara?

Siempre quise escribir. Era una de las cosas que se me daban bien, probablemente la única cosa que se me daba bien. Admiraba la buena escritura como el mayor de los esfuerzos humanos y aspiraba a ella. Cuando terminé de leer «El gran Gatsby», de Fitzgerald, pensé que era la cosa más maravillosa que un americano había hecho jamás.

En noviembre publica «Death of the Black-Haired Girl», su primera novela en diez años-

Es, en cierto modo, una declaración de lo que pienso sobre la religión, el amor entre hombres y mujeres, las contradicciones de nuestra sociedad…

¿Por qué deja transcurrir tanto tiempo entre un libro y otro?

Tengo tendencia a aplazar las cosas, soy perezoso, pero también se debe a mi obsesión con la perfección. Ojalá trabajara más duro.

Ha llegado a decir que América y los americanos son los temas fundamentales de su obra.

Puede que sea una afirmación un poco pretenciosa por mi parte, pero lo cierto es que lo son.

¿Qué me dice de sus personajes? Parecen estar inmensamente solos...

Mis personajes, todos los personajes de las novelas que valen la pena, habitan en su propia soledad, con su propia música, sus miedos, sus esperanzas, sus fantasmas... La novela aborda los aspectos de la vida que no se pueden compartir.

VIETNAM

¿Qué recuerda de su época de corresponsal en Vietnam?

Realmente, viví pocas situaciones de peligro. Probablemente estaba más asustado de lo que debía, pero intenté que nadie se diera cuenta. Emocionalmente, fue todo muy confuso, América se había perdido a sí misma. Recuerdo la guerra como la peor locura de todas.

Hay quien dice que ahora vivimos una especie de «guerra económica». ¿Qué siente al ver lo que lo rodea?

No sé cómo juzgar la obsesión del mundo con el materialismo. A veces la codicia parece única y terrible. Tal vez siempre ha sido así… A veces aparece la generosidad y te sorprende. ¿Cómo de profunda es nuestra corrupción? ¿Hasta dónde llegará? Por «nuestra» me refiero a la humanidad. La guerra es una metáfora torpe. La guerra en sí misma es tan extraña.

¿Cuál es el legado principal de la generación Beat y la cultura de los 60?

Los Beats tenían grandes corazones. Siempre pensé que el sentimentalismo de Keroauc echó a perder su obra. El sentimiento puede ser noble, pero el sentimentalismo es falsedad. La cultura de los 60 nos dejó cosas buenas y malas: gusto por el jazz, veneración al humor, intolerancia hacia la pomposidad…

¿A quiénes considera sus antepasados literarios?

Creo que Herman Melville fue un gran profeta. «Moby Dick» es la parábola del destino americano en muchos sentidos. Me siento más cerca de Melville y Hawthorne que de Mark Twain y los populistas. Nunca me interesó Faulkner y no me sorprende que hoy no lo lea nadie. Hemingway no es admirable en absoluto, a menudo superficial, era hipócrita con la moral, la política y la guerra. Sin embargo, tenía un gran talento, descubrió la «tecnología» del inglés, fue un maestro del sonido. Fitzgerald fue ungido por los ángeles. Vonnegut tenía toques de maravillosa inspiración…

¿Qué le queda por hacer en la literatura?

De vez en cuando fantaseo con narraciones extrañas que me gustaría capturar. Podría llegar a tener suerte y conseguirlo, pero hoy en día ya no me dejo llevar por la ambición. Lo que quiero hacer es cumplir con mi deber, completar mi trabajo.

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