Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "En la sordidez, sin asideros vitales" · Francisco Martínez Bouzas (Brújulas y espirales) -
  2. 26 de Marzo de 2013
  1. Hijos de la luz, de
  2. Robert Stone

Menos dantesca pero tan desesperanzada como Dog Soldiers. […] Seres descarriados -Stone ha sido definido en más de una ocasión como su apóstol- a los que el escritor, partiendo de irrelevantes anécdotas, conduce hacia una trágica colisión.
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Temíamos lo peor, pero afortunadamente no fue eso lo que ha sucedido y la editorial independiente, que tiene como lema la frase de Pascual Quignard (“Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector”), ha sobrevivido al inesperado fallecimiento producido recientemente de su fundador y director, Gonzalo Canedo. Y sigue apostando por la escritura abismal de Robert Stone (Nueva York, 1937), el novelista que, según John Banville, va directo al corazón del infierno moderno. De este “oscuro  sucesor de Conrad y Hemingway”, pero imprescindible clásico moderno en esa línea que va de Peckinpah a Cormac McCarthy, Libros del Silencio nos había posibilitado leer en español su obra maestra, Dog Soldiers (1973), galardonada con los grandes premios de la literatura norteamericana e incluida por Harold Bloom en su canon. Y su libro de memorias, Recordando los sesenta. La narrativa alucinatoria de Robert Stone es deudora de la Beat generation, de Ginsberg, Keruac o Cassady, de sus viajes a Vietnam y a Latinoamérica, de los alucinógenos y del free jazz.

Menos dantesca pero tan desesperanzada como Dog Soldiers, es Hijos de la luz, una novela de los 80, publicada así mismo en la mitad de esa década. Otra novela post Hemingway, pero al mismo tiempo muy diferente del estilo, de los ritmos y tics del autor de El viejo y el mar. Se ha escrito que Stone hereda el realismo hemingwayano, pero al mismo tiempo lo trastoca, mostrando de forma realista lo irreal de la realidad más extrema (Rodrigo Fresán). Ese infierno moderno al que Stone baja sin tomar atajos, sigue siendo, en Hijos de la luz, Estados Unidos, un país contra el que el escritor proyecta toda su furia, precisamente porque lo ama.

Robert Stone deja ahora el campo de batalla y el drama vietnamita y moja su pluma en las heridas  de otro campo de batalla, quizás no tan sangriento como Vietnam, pero igualmente paranoico: la industria cinematográfica,  con dos “héroes” igualmente dentro del volcán, dos seres destrozados, en caída libre (sí, like a rolling stone!), dos seres que, adictos a todo o víctimas de esquizofrénicas alucinaciones, eligen viajar al extranjero, a México en este caso, acompañados por todas las pesadillas del Sueño Americano.

La novela, en efecto, pretende recrear el rodaje de una novela de Kate Chopin, El despertar, escrita a finales del siglo XIX y muy escabrosa para la época. El actor y guionista y adicto a casi todo, Gordon Walker, abandonado por hijos y esposa, con su carrera como actor y guionista que languidece, viaja a la localidad mexicana donde se ruedan los exteriores de la película para encontrase con una antigua amante que sufre el asedio de alucinaciones, fruto de una esquizofrenia descontrolada en ese momento porque ha abandonado el tratamiento médico con vistas a mejorar su actuación. Dos personajes extenuados a los que Stone pone al límite entre la sordidez, el valium, el alcohol y la cocaína.

La narración del  rodaje y del viaje de Walker será la escusa perfecta para mostrarnos, no solo los hoteles desolados, los bares decadentes, el engañoso claroscuro de las luces artificiales, sino también las pequeñas y grandes miserias, el descorazonado tedio de los días y horas sin asideros vitales de esos dos seres encallecidos, paradigma de la fragilidad del ser humano. Seres descarriados -Stone ha sido definido en más de una ocasión como su apóstol- a los que el escritor, partiendo de irrelevantes anécdotas, conduce hacia una trágica colisión.

Robert Stone es consciente de que su escritura está empedrada con episodios desagradables y negativos que derivan, como en Hijos de la luz, en novelas opresivas. Pero escribe así para darles coraje  a sus lectores, para que los perdedores, mientras pierden, no se aferren al millón de clichés cuyo estandarte es la derrota.

Novela extraña, compleja, quizás con sobreabundancia de diálogos, diálogos intercambiados como en trance…donde nadie parece oír del todo lo que está diciendo el otro (Rodrigo Fresán).Ese es el estilo stoneano, con constantes guiños a W. Faulkner, Tennyson, Samuel Beckett, Kipling, Dikinson…y sobre todo a  Shakespeare, que parece el conductor del relato. Por algo su héroe o antihéroe, antes de emprender el viaje, acaba de representar El Rey Lear y Shakespeare era su última oportunidad. Después, una sucesión de pesadillas en el desierto mexicano. Atrás, una sociedad en descomposición.

Leer en [Brújulas y espirales]

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