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PASCAL QUIGNARD

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  1. "El niño que robó el caballo de Atila", de Iván Repila · Agustín Calvo Galán (Revista de Letras) -
  2. 25 de Marzo de 2013
  1. El niño que robó el caballo de Atila, de
  2. Iván Repila

Iván Repila sorprende y se reafirma con voz propia en la narrativa actual con este El niño que robó el caballo de Atila en el que demuestra una gran maestría al construir una historia atractiva e intensa con muy pocos elementos. […] La economía argumental tiene su contrapeso en un estilo reflexivo y denso, creando una inquietante y atractiva mezcla de extrañeza y cercanía. […] Una novela enérgica, llena de metáforas y símbolos en torno a la cooperación, el esfuerzo por sobrevivir, la brutalidad del mundo y la solidaridad, que tanto nos recuerdan, más allá de las circunstancias actuales, a situaciones universales.
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Ahora que la infancia o niñez se ve cada día más acortada –justo lo contrario de lo que ocurre con la juventud, que se ha alargado a capricho de la estética y del vaciamiento de la madurez– por una preadolescencia más previsible e indolente, volver a la infancia, a la verdadera patria del hombre, como la definió Rilke, resulta una labor que aporta interés y emoción, pues continúa actuando como un símbolo poderoso de conciencia y esencialidad.

Tras Una comedia canalla Iván Repila sorprende y se reafirma con voz propia en la narrativa actual con este El niño que robó el caballo de Atila en el que demuestra una gran maestría al construir una historia atractiva e intensa con muy pocos elementos. El inicio es muy sencillo: un pozo y dos hermanos que se encuentran dentro –no sabemos por qué o cómo han caído ahí– pocas referencias más, tan solo un mundo exterior que incluye un bosque, lobos y una madre. Y el desarrollo de la historia nos va dando claves fundamentales sobre la personalidad de los dos hermanos, los dos niños protagonistas absolutos, que sirven al autor para construir o refundar dos arquetipos humanos fundamentales, por un lado tenemos el hermano mayor (llamado el Grande en el libro) que es pragmático y posibilista y, por otro, el hermano menor (llamado el Pequeño) que es el soñador, el creativo, el idealista. Así, podríamos decir que la novela se adentra en el ámbito de lo alegórico, y todos los elementos que van apareciendo, desde el comportamiento de los hermanos protagonistas, el pozo, el exterior lejano, etc., forman, en su conjunto, un espacio de gran fuerza simbólica en el que podríamos identificar los elementos de un mundo nuevo que lucha por surgir, inserido en un mundo antiguo que hace todo lo posible para que no surja.

Muchos son los aspectos simbólicos y arquetípicos que se podrían destacar, muchas las contraposiciones atemporales y universales que se van entrelazando, desde el amor/odio fraternal, a la dolencia/indolencia o a las de locura/esperanza o afasia/comprensión. Y uno de los temas que, a mi modo de ver, más turbador resulta es el de la maduración de los protagonistas, traducida no tanto en su comportamiento como en unos diálogos con frases tan sabias, tan llenas de una naturalidad meditada, que se diría que los niños no son tales, aparentemente, pues no tienen ni una pizca de la idiotización en la que la sociedad consumista ahoga a sus hijos. Lo que nos lleva a pensar que la economía argumental tiene su contrapeso en un estilo reflexivo y denso, creando una inquietante y atractiva mezcla de extrañeza y cercanía. Al fin, toda la amarga dulzura que nos produce esta historia, todo el estrépito paciente que guarda, toda la sensibilidad brutal que destila el libro se podría resumir en una de las frases que dice el hermano pequeño: “La vida es maravillosa, pero vivir es insoportable”.

Por último, siempre en la tensión de hacer posible una historia que podría caer fácilmente en lo inverosímil, como ocurre en la mayoría de los cuentos infantiles, Iván Repila no sólo consigue mantener el interés durante toda el desarrollo de la novela, sin perder en ningún instante la intensidad de unas circunstancias claustrofóbicas, sino que además alcanza momentos de auténtica sorpresa, de vuelco argumental, siempre gracias a esos poquísimos elementos con los que va construyendo y haciendo avanzar toda la narración.

En definitiva, una novela enérgica, llena de metáforas y símbolos en torno a la cooperación, el esfuerzo por sobrevivir, la brutalidad del mundo y la solidaridad, que tanto nos recuerdan, más allá de las circunstancias actuales, a situaciones universales.

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