Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Iván Repila: El niño que robó el caballo de Atila" · Uxue Juárez (Koult) -
  2. 08 de Marzo de 2013
  1. El niño que robó el caballo de Atila, de
  2. Iván Repila

Una nou­ve­lle repleta de diá­lo­gos rotun­dos […], una voz narra­tiva poé­tica y un len­guaje pre­ciso y des­po­jado. Una escri­tura madura que sobre­coge al lec­tor desde la pri­mera línea. […] Una obra de cali­dad, poé­tica, sobre­co­ge­dora, que dará mucho de que hablar y que resulta indis­pen­sa­ble en el pano­rama actual debido no sólo a su cali­dad, sino al men­saje de espe­ranza que encierra.
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Vio­len­cia, cariño, ter­nura, des­ga­rro, deli­rio, tie­rra, hedor, demen­cia, ham­bre, encie­rro, ham­bre, ham­bre, más ham­bre, dos her­ma­nos, el Grande y el Pequeño, más tie­rra, gusa­nos y un pozo. Me refiero a El niño que robó el caba­llo de Atila de Iván Repila (Bil­bao, 1978), a una nou­ve­lle repleta de diá­lo­gos rotun­dos y a la alter­nan­cia entre una voz narra­tiva poé­tica y un len­guaje pre­ciso y des­po­jado. Me refiero a una escri­tura madura que sobre­coge al lec­tor desde la pri­mera línea.

Parece impo­si­ble salir, dice. Y tam­bién: Pero sal­dre­mos. […] El pozo tiene unos siete metros de pro­fun­di­dad y sus pare­des irre­gu­la­res son un muro de tie­rra húmeda que se angosta en la boca y se ensan­cha en la base, como una pirá­mide desocu­pada y roma. […] El her­mano mayor es grande. Con sus manos escarba mecho­nes de arena para mode­lar un esca­lón que lo sos­tenga, pero cuando se levanta en el aire el peso de su cuerpo lo vence y la pared se rompe.

El her­mano menor es pequeño. Está sen­tado en el suelo con los bra­zos alre­de­dor de las pier­nas, soplando una herida reciente en su rodi­lla. Mien­tras piensa que la pri­mera san­gre siem­pre llega del lado de los débi­les, observa a su her­mano caer una, dos, tres veces.

Estos son el espa­cio cerrado y los dos per­so­na­jes en torno a los cua­les se cons­truye la trama. En un pri­mer momento, no se nos aclara por qué han que­dado atra­pa­dos ahí, des­co­no­ce­mos todo lo rela­tivo a su entorno, a su fami­lia. Sabe­mos de la exis­ten­cia de una madre debido a la pre­sen­cia de una bolsa de comida que des­cansa en una esquina del pozo y que nin­guno de los dos her­ma­nos se atreve a tocar por­que, tal y como señala el Grande, La comida de la bolsa es para mamá. Pero, ¿dónde está esa madre? ¿Por qué no sale a buscarlos?  

Tras un fallido y dolo­roso intento por salir del pozo –el Pequeño ter­mina con algu­nos dien­tes rotos y otras magu­lla­du­ras–, el Grande ideará un plan para salir de allí, pero antes de que esto ocu­rra, ambos se verán obli­ga­dos a con­vi­vir en el inte­rior del agu­jero infecto. El lec­tor asis­tirá así cau­ti­vado a la evo­lu­ción de los dos per­so­na­jes y obser­vará cómo, frente a un pozo cada vez más inquie­tante, más cerrado y claus­tro­fó­bico en el que los gusa­nos e insec­tos de los que ahora se ali­men­tan los her­ma­nos comien­zan a esca­sear, los niños de las pri­me­ras pági­nas, aban­do­na­dos, sin una alter­na­tiva pro­me­te­dora, renun­cian a su infan­cia y, des­pués de acep­tar esta con­vi­ven­cia for­zosa con la ame­naza cons­tante de la muerte, se pre­ci­pi­tan en la edad adulta y luchan día a día por sobre­vi­vir y recu­pe­rar su libertad.

Uno de los ele­men­tos que más seduce al lec­tor es pre­ci­sa­mente el hecho de pre­sen­ciar esa evo­lu­ción, como si de un voyeur se tra­tara. El modo en que en las pági­nas ini­cia­les los pro­ta­go­nis­tas mani­fies­tan su cariño abra­zán­dose (Los her­ma­nos se abra­zan ten­di­dos sobre el lado más seco de su nuevo país) o al comienzo el Pequeño soli­cita el cariño y la pro­tec­ción de su hermano:

Han dejado de mirarse a los ojos, de bus­carse en el otro como hacían los pri­me­ros días. Las mues­tras de cariño son inne­ce­sa­rias cuando rige la con­ser­va­ción. El amor como un pacto de silen­cio donde se admi­nis­tran vio­len­cias pro­pias de un rep­til, de un coco­drilo viejo.

—¿Tú me quie­res?, pre­gunta el Pequeño.

—Llo­verá.

Y la forma en la que, poco a poco, va des­pe­gán­dose de él (Creo que tengo la rabia, dice. / No. Aún no tie­nes la rabia. / El pequeño lo mira sin amor, y pre­gunta: / ¿Y qué es esta ira que siento por den­tro? / Te estás haciendo un hom­bre, dice el Grande) e incluso tra­tán­dolo como a un inú­til o a alguien que no está a su altura, por­que él, per­dido en el deli­rio pro­pi­ciado por la falta de ali­mento y la des­nu­tri­ción, parece haberse con­ver­tido en una espe­cie de visio­na­rio. Esta nueva iden­ti­dad que ven­drá mar­cada por una alte­ra­ción en el dis­curso y por una nueva voz res­que­bra­jada, tal y como se res­que­braja el uni­verso en el que hasta ahora se movía el Pequeño:

—Encie­rra a un hom­bre cual­quiera en una jaula, dice el Pequeño.

Dale una manta, un almoha­dón de pluma, un espejo y una foto­gra­fía de aque­llos que ama. Encuen­tra una forma de ali­men­tarlo y des­pués olví­dalo durante varios años. Bajo esas con­di­cio­nes, el resul­tado será, en la mayo­ría de los casos, un hom­bre aco­bar­dado, redu­cido a la culpa, adap­tado a la forma de una jaula.

Estas visio­nes o sue­ños sir­ven para guiar al lec­tor en la doble lec­tura que pro­pone la obra: por un lado, está la his­to­ria de los dos her­ma­nos y, por otro, un men­saje lan­zado a la socie­dad actual a favor de la lucha por la dig­ni­dad y la soli­da­ri­dad. Es pre­ci­sa­mente ahí, en esta defensa, donde radica la uni­ver­sa­li­dad de esta segunda obra del autor de Una come­dia cana­lla, en la idea de que algu­nos deben sacri­fi­carse para que otros, des­pués, se sal­ven. El des­ga­rro nos salvará.

La atmós­fera gene­rada en esta novela breve repre­senta otro de los ele­men­tos que, por las refe­ren­cias cons­tan­tes al pozo y por haberse con­ver­tido en aque­llo de lo que los her­ma­nos desean huir, adquiere una cor­po­rei­dad evi­dente y prác­ti­ca­mente se con­vierte en un nuevo per­so­naje opre­sor que, impa­si­ble, los envuelve y somete a un encie­rro per­ma­nente, creando así una cár­cel externa e interna (la cár­cel en la mente de los pro­ta­go­nis­tas, el asu­mir que sólo hay eso, el acos­tum­brarse al espa­cio de la jaula) que pone en peli­gro la cor­dura de los personajes.

En resu­men, esta­mos ante una obra de cali­dad, poé­tica, sobre­co­ge­dora, que dará mucho de que hablar y que resulta indis­pen­sa­ble en el pano­rama actual debido no sólo a su cali­dad, sino al men­saje de espe­ranza que encierra:

Parece impo­si­ble salir, dice. Y tam­bién: Pero sal­dre­mos. […] y que su aniver­sa­rio ilu­mine las tinie­blas con un tem­blor de pasos y de ruido, y que nos des­per­te­mos mañana de este sueño nefasto con el coraje  de un mar que se des­borda, arra­sando los muros que nos silen­cia­ron, recu­pe­rando el sitio, tomando la palabra.

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