Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Iván Repila: 'El niño que robó el caballo de Atila'" · Paula (Un libro al día) -
  2. 04 de Marzo de 2013
  1. El niño que robó el caballo de Atila, de
  2. Iván Repila

El radical cambio de registro que se ha marcado Repila ha derivado en una obra maravillosa. […] El escritor que nos ocupa se revela en su segunda novela como un magistral creador de atmósferas. […] El estilo, de un lirismo asfixiante, no es un alarde gratuito: pone de relieve la brutalidad que vertebra toda la novela. […] Iván Repila ha escrito una obra que es de este tiempo y de este lugar, que es de todos los lugares y de todos los tiempos. Lo que se dice «universal», vamos.
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El niño que robó el caballo de Atila podría resultar una decepción para todos aquellos que se acerquen a la segunda novela —¿novela?, ¿relato?— de Iván Repila porque se quedaron con ganas de más al terminar la primera, Una comedia canalla. «Podría», digo, pero no lo hará, porque el radical cambio de registro que se ha marcado Repila ha derivado en una obra maravillosa que se sostiene por sí sola sin necesidad de comparaciones.

El niño que robó el caballo de Atila es una novela corta (136 páginas), pero tiene la extensión ideal. Posee la capacidad de hipnotizar al lector, que durante el tiempo que dura la lectura se ve succionado al interior del pozo en el que están atrapados sus dos únicos personajes, convirtiéndose en una especie de voyeur impotente de la tragedia. Dicho así suena muy fácil, incluso tópico, pero no lo es: algunos autores saben construir personajes; otros, tejer tramas; el escritor que nos ocupa se revela en su segunda novela como un magistral creador de atmósferas. Por eso os recomiendo que, si decidís leer El niño que robó el caballo de Atila, reservéis una tarde lluviosa de domingo —por decir algo— y la dediquéis por completo a la lectura de la novela. Es la única forma de hacerle justicia.

El planteamiento es sencillo: dos niños, dos hermanos, llamados el Grande y el Pequeño, están atrapados en un pozo del que, después de un infructuoso intento —con dolorosas consecuencias para el Pequeño—, saben que les resultará imposible escapar. Los días se suceden; la desesperación se instala con ellos en el pozo como un vapor fétido que les envenenara la cordura, y los niños intentan combatirla consagrándose a sus rutinas: hacer ejercicio, el Grande; escarbar en busca de comida, el Pequeño. Se tienen que conformar con alimentarse a base de gusanos porque, aunque tienen una bolsa con comida, no pueden tocarla ya que «es de mamá» (justificación que dejará de parecernos tan tierna en las últimas páginas de la novela).

La historia se desarrolla en espiral, cerrándose sobre sí misma, para terminar estallando en mil esquirlas. El estilo, de un lirismo asfixiante, no es un alarde gratuito: pone de relieve la brutalidad que vertebra toda la novela, que se materializa en los intercambios de los dos hermanos y que al final nos deja sin aliento al obligarnos a comprender lo incomprensible.

El carácter alegórico de El niño que robó el caballo de Atila permite múltiples lecturas. Para mí, es un relato sobre la dignidad: esa última capa de piel que queda, que resiste, cuando a uno lo han despojado de todo. Nos recuerda que para conservarla a veces es necesario hacer sacrificios, y que se nutre de la solidaridad. Y por eso Iván Repila ha escrito una obra que es de este tiempo y de este lugar, que es de todos los lugares y de todos los tiempos. Lo que se dice «universal», vamos.

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