Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "'El niño que robó el caballo de Atila', de Iván Repila" · Mike (Mike & Libros) -
  2. 25 de Febrero de 2013
  1. El niño que robó el caballo de Atila, de
  2. Iván Repila

Una auténtica obra maestra que ya se asegura su puesto entre las futuras listas de lo mejor del 2013. […] Es un jodido auténtico pasapáginas, que hará que se te quemen las lentejas, que llegues con ojeras al trabajo y que, finalmente, te lo termines leyendo en un periquete para, acto seguido y en ese momento tan tonto e íntimo en el que te quedas con el libro ya cerrado mirando al techo con sonrisa post-orgasmo, maldecir la hipnosis que motivó tu velocidad lectora. Porque como siguiente lectura tendrás otra novela que no le llegará a El niño que robó el caballo de Atila a la suela de los zapatos las solapas.
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El pasado quince de enero fallecía Gonzalo Canedo, editor y fundador de Libros del Silencio, una de las mejores editoriales independientes (es decir, de lo mejor entre lo mejor) que tenemos en este país. Tal noticia me valió una tristeza, un tuit y una resolución: había que volver a leer pronto un libro del silencio como homenaje a este grandísimo editor que tan cuidadosamente ha ido seleccionando, durante estos últimos cuatro años, obras imprescindibles para los lectores atentos de estas alturas del siglo XXI.

Así pues, el otro día en el FNAC (¡no compréis en las grandes superficies! ¡acudid a la librería de vuestro barrio!) fui directamente a la zona del estante de literatura en español donde se encuentran y conversan Robert Stone, Donald Ray Pollock, Carlos Casares y, aquí viene, Iván Repila, cuyo libro El niño que robó el caballo de Atila (¡qué título!) pidió a gritos que me lo llevara a casa pese al hecho de no haberme leído su primera y celebrada novela Una comedia canalla (el texto de la contra me decía que ambos libros no tenían nada que ver, y que este iba de dos niños atrapados en un pozo que, por la espléndida ilustración de la portada, se me antojaba misterioso y terrorífico).

Y así llegué a casa y abrí el libro (no cogí el metro y soy muy raro y no me gusta leer mientras ando) y comencé a leer y se hizo la magia y el Dios de las buenas lecturas me obligó a leérmelo de un tirón y a sentir, mientras duraba la fiesta del negro sobre blanco, una amalgama de sensaciones hacia el ser humano (póngase en el cóctel asco y miedo y dolor y ternura... y agítese con garbo) que me han dejado tocados por igual espíritu y razón hasta el mismo momento en que estoy escribiendo estas líneas.

Porque con solo ciento treinta y seis páginas, un argumento tan sencillo que parece una reducción de argumento a lo Ferrán Adrià (pero que nos roba el aliento desde el primer minuto de lectura), y dos hermanos como únicos personajes (encima llamados "el Grande" y "el Pequeño", que pienso ponerle ese nombre a mis hijos cuando los tenga), ha ido el chulo de Iván Repila y se ha marcado una auténtica obra maestra que ya se asegura su puesto entre las futuras listas de lo mejor del 2013.

¿Qué exagero?

Os podría demostrar que no, hablando escribiendo pormenorizadamente (<-- todo un señor adverbio, ¿eh?) sobre los interiores de la novela y de sus mecanismos narrativos. Pero, de verdad, en esta ocasión no quiero ni atreverme a desvelaros ni una sola de las virtudes de este texto, ya que parte del encanto de El niño que robó el caballo de Atila consiste en dejarse zarandear entre sus páginas e ir observando cómo la relación entre los hermanos y los secretos de su confinamiento dentro del pozo se van desarrollando y revelando ante nuestros (atónitos) ojos.

Así que prefiero convertir esta semi reseña en una mera recomendación cargada de entusiasmo, y tan solo dejaros con estos cuatro apuntes (perezosos de constituir convencional párrafo) sobre una novela que:

1. Cuenta con un sentido del ritmo impresionante: el argumento da unas hostias sorpresas que os dejarán con el culo torcido y (a los que escribáis) os hará sentir envidia por el talento y el genio de Repila.

2. Puede ser leída como una alegoría de los tiempos en los que vivimos (los epígrafes son de Margaret Tatcher y de Bertolt Brecht, con eso lo decimos todo), así que pongan su cerebro en activo durante la lectura y extraigan conclusiones sobre Bárcenas y los niños del África.

3. Tiene su referente literario más cercano en el teatro del absurdo (difícil no acordarse del Vladimir y el Estragon de Esperando a Godot al leer los surrealistas y geniales diálogos entre el Big and Little Brother).

4. Es un jodido auténtico pasapáginas (page-turner suena mejor en inglés, ¿verdad?), que hará que se te quemen las lentejas, que llegues con ojeras al trabajo y que, finalmente, te lo termines leyendo en un periquete para, acto seguido y en ese momento tan tonto e íntimo en el que te quedas con el libro ya cerrado mirando al techo con sonrisa post-orgasmo, maldecir la hipnosis que motivó tu velocidad lectora.

Porque como siguiente lectura tendrás otra novela que no le llegará a El niño que robó el caballo de Atila a la suela de los zapatos las solapas.

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