Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "La lectura, la mejor de las adicciones" · Nuño Vallés (El Confidencial) -
  2. 19 de Noviembre de 2009
  1. Libropesía y otras adicciones, de
  2. Luciano de Samosata

"Para estos aquejados de libropesía o bibliomanía o furor libresco debe evitarse el tratamiento de choque —relatado por Cervantes en el capítulo VI de la Primera Parte de Don Quijote, y de nulos efectos en el paciente— y probar, mejor, con píldoras como Libropesía y otras adicciones, que publica Libros del Silencio como “ofrenda en forma de libro para los amantes y los enfermos del libro”; la variedad de sus principios activos y su sabor, delicado y lleno de matices, hacen de éste remedio una grata elección, aunque de filo doble: se sabe que hay quien ha visto agravarse la enfermedad, lanzándose a devorar tomo tras tomo.»
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Todo amante de la lectura, ame o no al libro, pasará por momentos de fiebre lectora, por fases más o menos agudas de libropesía. Y otros momentos en los que se preguntará, como Alberto Manguel,  ¿Por qué leer? (p. 9). Le responde Gustave Flaubert, “Para vivir” -y asiente Bioy Casares, en silencio-.

Para estos aquejados de libropesía o bibliomanía o furor libresco debe evitarse el tratamiento de choque -relatado por Cervantes en el capítulo VI de la Primera Parte de Don Quijote, y de nulos efectos en el paciente- y probar, mejor, con píldoras como Libropesía y otras adicciones, que publica Libros del Silencio como “ofrenda en forma de libro para los amantes y los enfermos del libro”; la variedad de sus principios activos y su sabor, delicado y lleno de matices, hacen de éste remedio una grata elección, aunque de filo doble: se sabe que hay quien ha visto agravarse la enfermedad, lanzándose a devorar tomo tras tomo.

La lectura es vida, una forma -más- de dar plenitud a la vida, pues la lectura puede aportar experiencias e ideas que, de otro modo, nos quedarían muy lejos. ¿Que nos diferencia del Cro-Magnon que pintó los bisontes de Altamira? Los libros -y hoy, podría añadirse, el mega-libro, la borgiana Biblioteca Universal-. “Cro” sólo tenía a su alcance la limitada experiencia sensible, la tribu y algunas vecinas, la cacería, algún viajero que traía noticias de tierras lejanas, junto a algún objeto exótico. Pero hoy tenemos a nuestro alcance todas las experiencias de la historia de la humanidad, aunque sea de manera mediata.

Podemos decir, al modo del replicante Roy Batty, “he visto cosas que vosotros no creeríais”, pero esos momentos no “se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”. Yo he conquistado Troya -mal que me pese- y cruzado el Rubicón; me despedí del buen Sancho y quienes por mí velaron: “Señores, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño”. Y he vivido tantas y tantas aventuras que podrían decirse molinos, mas cuando Napoleón me rescató del campo de batalla, alabando mi defensa de la bandera rusa, me pareció muy tangible su distante, imperial compasión. Y cuando Rodolfo me envió aquella carta, ¡ay, aquella carta! ... Aquél dolor sí fue tangible.

El orgullo del lector, como le ocurría a Borges, son las páginas que ha leído. Pero el libropésico consume libros, llevado por una sed desértica, inagotable. Muchos de los textos aquí recogidos no ensalzan la lectura de manera directa, sino mediante invectivas contra quienes tienen el vicio de comprar libros que no leen, o que leen sin pensar, o que llevan hasta tal extremo su ambición libresca que son capaces de matar, como Giacomo, el librero de Barcelona que retrató Flaubert en su primer relato publicado, Bibliomanía (p. 69 y ss.). A todos éstos el lúcido don Francisco de Quevedo les llamó sepultureros (“quien sólo entierra cuerpos noche y día”) y acuñó el neologismo que da nombre a este blog y al libro que hoy nos ocupa: libropesía, “sed insaciable de pulmón librero” (p. 65).  Séneca ya advertía que no había que leer muchos libros, sino buenos -pensamiento repetido por Balmes- y que la lectura no debe ser un sustitutivo de la propia reflexión -Maurois-, sino causa y alimento de ésta.

Pero este volumen nace del amor, no sólo al libro, sino a la lectura. Y el mismo don Francisco cambia su mirada furiosa por otra más tierna cuando declara su amor por la lectura y los libros que “al sueño de la vida hablan despiertos” (p. 67). Un pensamiento que refrendarán más tarde autores como Somerset Maugham -los libros como refugio moral ante la miseria de la vida-. Los libros son amigos -Schiller-, amigos que siempre están disponibles, que decía Cicerón, y que obran el milagro de revivir a los muertos y permitir el diálogo con ellos: volvemos a Quevedo, “vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos” (p. 67). Y, contra los Giacomos -“no era, en absoluto, el saber aquello que adoraba: era su forma y su expresión”, p. 75), la Biblioteca viva de Leopoldo Lugones, a quien poco interesa “la conservación de nuestros libros. Su deterioro nos revela que trabajan; es decir, que sirven positivamente” (p. 119).

Con la lectura de buenos libros tiene el libropésico la esperanza de sanar, pues su mal se cura, como los malestares digestivos, con buenos alimentos y enfriando la cabeza. Libropesía y otras adicciones sirve como los grupos de apoyo, pone en contacto las experiencias de otros sedientos y transmite el amor al libro que, como ocurre con la buena cocina, cura la glotonería y educa el paladar. Es un recorrido histórico, desde el siglo II -Luciano de Samosata- hasta el siglo XX, donde nos encontramos con ese ensayo inagotable de Virginia Woolf, ¿Cómo hay que leer un libro? Encontramos a Niccolò Franco -s. XVI- quejándose, igual que ahora, de la decadencia de las letras y del intelectual -parece una verdad eterna: “cuanto más docto es el hombre, más cargado de doctrinas va”, p. 47-. Encontramos también al joven Flaubert, romántico y Sturm und Drang, todavía lejos de conocer a los Bovary o a Frédéric Moreau, y volvemos a Woolf, donde todo lector debe volver una y otra vez y asomarse con ella a la ventana “a la derecha de la biblioteca”.

[Leer en El Confidencial]

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