Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Dog Soldiers y Knockemstiff" -
  2. 02 de Marzo de 2011
  1. Sergio del Molino, de
  2. El blog de Sergio del Molino

Qué digresión más tonta y más larga para decir que me molan los Libros del Silencio y que muchos lectores nos relacionamos con las editoriales como los forofos del fútbol con sus equipos. Al fin y al cabo, un catálogo no deja de ser una alineación y una filosofía de juego. Las que molan al aficionado de verdad son las que sudan la camiseta, las que lo fían todo al talento y a las ganas, sin presupuestos millonarios, sin maletines y sin estrellitas con Ferrari. Equipos que miman su cantera y se mantienen con honestidad y tesón. Las indies. Esas son las que nos gustan, las que han refrescado el panorama librero de la última década en España, las que han aireado un ambiente pútrido de viejos editores divinos que vivían de unas rentas ya vencidas.
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Hoy damos dos por uno, como en el Carrefour. O como si en el Carrefour hicieran ofertas de dos por uno con el jamón cinco jotas. Porque estos libros, que me han tenido entretenido las últimas cuatro madrugadas, no son de liquidación.

Como ya habrán adivinado los lectores con pocas dioptrías, ambos tienen en común la editorial, cuyo nombre, para hacer honor al ídem, no aparece en la cubierta. Son productos de Libros del Silencio, un sello barcelonés al que me estoy enganchando y que, según le he dicho a una amiga librera que también es entusiasta, me parece la versión mejorada de Libros del Asteroide. “Muy mejorada”, ha matizado ella: “Arriesgan mucho más”.

Los lectores literarios, esos cuatro bichos mal contados que no llenaríamos ni una plaza mediana (suponiendo que acudiéramos a una convocatoria, pues tenemos tendencia al escaqueo), tendemos a fijarnos mucho en las editoriales. El lector casual o el comprador de libros no suele hacerlo, y por eso los productos que van dirigidos a él tienden a no distinguirse. ¿No se han fijado en que las portadas de todos los best-seller se parecen un montón unas a otras? Sin embargo, los editores que se dirigen a esa pequeñísima masa asocial que gusta de la literatura no sólo cuando hay que regalarle algo a una madre, tienden a diferenciarse, buscan conmover nuestro corazoncito, demostrar que no se han limitado a hacer control c y control v y a encuadernar la paginada con un cuadro del catálogo del Louvre en portada. Y hacen bien: según un estudio del gremio de libreros, el diseño del libro es un factor de compra más importante que una buena crítica en un periódico de prestigio.

No hacía falta ese estudio: una buena crítica puede ser un factor disuasorio. A mí me recomienda un libro Juan Cruz y no me atrevo ni a tocarlo en la librería.

Qué digresión más tonta y más larga para decir que me molan los Libros del Silencio y que muchos lectores nos relacionamos con las editoriales como los forofos del fútbol con sus equipos. Al fin y al cabo, un catálogo no deja de ser una alineación y una filosofía de juego. Hay editoriales que siempre ganan, pero su juego es conservador y previsible y se basa exclusivamente en las estrellas que pagan a golpe de cheque (Real Madrid Anagrama); otras que confían en la belleza del juego y no sólo quieren vencer, sino convencer (Barça Mondadori), o las que siempre han estado arriba, pero les gusta dárselas de exquisitas perdedoras y un punto outsiders (Atlético de Madrid Tusquets). Pero las que molan al aficionado de verdad son las que sudan la camiseta, las que lo fían todo al talento y a las ganas, sin presupuestos millonarios, sin maletines y sin estrellitas con  Ferrari. Equipos que miman su cantera y se mantienen con honestidad y tesón, aunque los grandes les utilicen de muladares y rapiñen a todos los jugadores que despuntan en ellos, y aunque esos jugadores luego no se acuerden de la primera camiseta que vistieron y de quién les dio la alternativa.

Las indies. Esas son las que nos gustan, las que han refrescado el panorama librero de la última década en España, las que han aireado un ambiente pútrido de viejos editores divinos que vivían de unas rentas ya vencidas.

¿Sin las indies no tendríamos Dog soldiers, de Robert Stone, ni Knockemstiff, de Donald Ray Pollock? El segundo, quizás sí, pero el primero no, puesto que su primera edición en Estados Unidos es de 1973 y su primera edición en España es de 2010. Y no se trata de un libro oscuro ni underground: es un National Book Award, fue elegido por la revista Time como una de las cien mejores novelas del siglo XX y su santidad Harold Bloom lo incluyó en su muy poco inclusivo canon occidental.

Pero ningún editor en España se había enterado de esto. Como en 1973 no había Facebook…

Dog soldiers tiene otros avales, como el hecho de que su autor fue alumno destacado de Wallace Stegner (otro nombre imprescindible de la narrativa americana del siglo XX que los españoles hemos descubierto hace menos de dos años gracias a Libros del Asteroide), pero no necesita ninguno, porque es uno de esos libros que se defienden solos. Un libro honesto, violento, directo, fiero y febril.

Resumen: Converse es un periodista y escritor fracasadísimo que se marcha a Vietnam en plena guerra en busca de no se sabe qué. Allí consigue tres kilos de heroína pura que logra pasar a Estados Unidos con ayuda de un amigo. Pero colocar la droga no es tan fácil como piensa, y su mujer y su amigo Hicks se van a ver enredados en un problemón, con polis corruptos y asesinos de por medio que les persiguen por California. Mientras huyen de ellos, se van pinchando el caballo. La prosa, que empieza clara y cristalina, se va embruteciendo y atontando conforme los protas se van drogando, y termina en un delirio alucinatorio angustioso, fantástico, salvaje y descarnado.

La palabra es magistral.

A mí me suena todo el rato a Sam Peckinpah. Algo entre Grupo salvaje y La balada de Cable Hogue con metrallas de Perros de paja. Algo puramente setentero, de cuando se follaba sin condón y se compartía jeringuilla en los picos.

¿Quieren ejemplos? Página 245:

La tripa se le calentó, la polla se le puso dura; aquello estaba más allá de la perversidad. Estaba ahí sentado, deseando a aquella chica: una azafata yonqui, curtida y pelopaja, una luterana augustana echada a perder, combinación de hilo musical de aeropuerto y academia de peluquería. Tenía los ojos nublados por el aire contaminado y los espráis de propano.

Knockemstiff es otra cosa, aunque coincide con Dog soldiers en transmitir una misma desesperanza y en exponer sin hacer explícita (sólo narrando, que es como moraliza la literatura) una misma compasión por las miserias humanas.

Knockemstiff es un pueblo de Ohio donde creció el autor del libro, Donald Ray Pollock, un escritor muy tardío que se metió a estudiar en la universidad con 50 tacos, después de pasar 30 currando en una fábrica de papel. Knockemstiff es un conjunto de cuentos conectados entre sí que pretenden construir la imagen del pueblo homónimo, una hondonada perdida y asquerosa, el verdadero culo del mundo que Lobo Antunes situó en Angola.

Knockemstiff está lleno de padres alcohólicos que dan palizas a sus hijos, de drogadictos que sueñan con vender un alijo de anfetas pero se lo comen entero antes de pasar ni una pastilla, de hermanos incestuosos que follan en el río y de niños salvajes que coleccionan serpientes muertas. También hay retrasados mentales enamorados de una foto de Nancy Sinatra, obsesos sexuales que violan a niñas malolientes y adolescentes que se hacen pajas sobre las muñecas de sus hermanas.

Pero mi favorita es una madre que obliga a su hijo cada noche a que entre en su dormitorio armado con un cuchillo y finja ser un serial killer. ¿Quién serás esta noche, cariño?, pregunta. Esta noche seré el verdadero estrangulador de Boston, mamá.

No creo que haya en todo Sade —y creo haber leído todos los libros del marqués disponibles en España— algo tan refinadamente sádico.

Un pueblo encantador, perfecto para instalar una casa rural.

En mi opinión, un pueblo como cualquier otro. Hace tiempo que tengo la convicción de que el único encanto de la vida rural es el paisaje que se ve desde la ventana.

Al fin y al cabo, ¿qué se puede hacer en un villorrio perdido donde no hay trabajo ni diversión ni nada remotamente digno de ocupar el tiempo de una persona? Drogarse, follar y matarse unos a otros. Donald Ray Pollock lo sabe bien. Donald Ray Pollock vivió en Knockemstiff, recuérdenlo. Sabe de lo que escribe.

¿Ejemplo? Uno al azar, del cuento titulado Manteca. Duane, el prota, es un chico raro que no se ha follado a ninguna chica, y por eso su padre le desprecia, porque le considera un maricón, y los amigos de su padre también lo piensan:

Todos los días esperaban a que este entrara en el comedor para ventilar a voz en grito que habían encontrado el asiento trasero de los coches deportivos de sus hijos cubierto de semen seco y reluciente como glaseado de rosquilla y los caminos de sus casas abarrotados de condones usados tirados como babosas gordas y muertas. No paraban de suministrarle nuevos insultos para soltar a Duane: “mariconazo”, “sarasa”, “muerdealmohadas”.

¿De qué se escandalizan? Las ratas y Los santos inocentes no son más bonitos que Knockemstiff, y eso que su autor era un entusiasta de la vida campestre (pero vivía en una ciudad, el jodido, porsiaca).

Knockemstiff es un libro honesto y densamente humano.

En España, ninguno de estos dos libros jugará nunca en primera división, ninguno será libro de la semana en Babelia ni saldrá recomendado en el programa cultural de La 2. Porque en estos libros no hay buenos ni malos, nadie se redime, nadie aprende nada, no hay moraleja ni guía de lectura al final. Son libros que nos dejan a la intemperie de un mundo puto, y eso no se consiente en España, donde las novelas tienen que dejar claros quiénes son los buenos y quiénes los malos, y que las mujeres no sean violadas impunemente, y que los hermanos no follen con alegría fraternal.

Dog soldiers ganó un premio nacional en Estados Unidos, ese país cuya cultura algunos quieren hacer pasar por pacata y reaccionaria. Aquí no ganaría ni los juegos florales de una asociación de vecinos. La prueba es que ha tardado 37 años en publicarse, que ya son años. Estábamos demasiado ocupados plagiando a Sartre y a Camus y no nos enterábamos de que los americanos del norte también escribían. Y mucho mejor que nosotros.

Leer en [El blog de Sergio del Molino]

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