Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.
Aquel que escribe calla.
Aquel que lee no rompe el silencio.
PASCAL QUIGNARD
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Marcela y Elisa, maestras de escuela, vivieron su lesbianismo en secreto hasta que decidieron casarse por la Iglesia. Para engañar al sacerdote Elisa se hizo pasar por Mario y llevó al altar a su amada, hija de un capitán del Ejército. Ocurrió en A Coruña, el 8 de junio de 1901. Al ser descubiertas, tuvieron que huir de España. Pero ya habían pasado a la Historia como el primer matrimonio homosexual.
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Decía Gaudí que quienes perpetúan la
copia impiden el progreso y que sólo los que apuestan por la
originalidad y por descubrir nuevas vías contribuyen a que evolucione
la sociedad y la vida del ser humano. El arquitecto catalán se refería
básicamente al arte pero una pareja de mujeres de su época hizo, se
supone que involuntariamente, suyo el precepto y se adelantó
considerablemente a su tiempo. En su caso fue la necesidad de
oficializar su amor la que agudizó el ingenio tanto como para
convertirse en el primer matrimonio homosexual del que se tiene
constancia registral.
Marcela Gracia Ibeas y Elisa Sánchez Loriga pasaron por la vicaría de
la parroquia de San Jorge en A Coruña un 8 de junio de 1901.No es que
el cura fuera un liberal dispuesto a crear escuela con su permisividad.
Fue una víctima de las circunstancias.
Porque para los padrinos y los testigos de aquel enlace, y por supuesto
para el párroco, quien besaba y hacía arrumacos a Marcela no era otra
mujer, sino Mario, un treintañero de incipiente bigote.Un nombre y una
identidad ficticia de Elisa que le permitieron contraer matrimonio con
la que era su pareja desde hacía años.
Un amor clandestino, abrigado en las noches de duro invierno en el
entorno de A Costa da Morte, donde los relatos junto al fuego tenían
como protagonistas a hombres rudos y curtidos en mil batallas con el
mar. En el verano de 1901 los naufragios y las mareas, acontecimientos
cotidianos, dieron paso a las tertulias sobre el escandaloso matrimonio
de dos mujeres al calor de las cocinas de leña.
Las dos chicas se habían conocido durante su etapa de estudiantes en la
Escuela Normal de Maestras de A Coruña, donde se formaban las futuras
profesoras de enseñanza primaria (maestras). Se hicieron inseparables.
Lo que comenzó siendo una amistad pronto dio paso a una relación más
intensa e íntima
Las constantes alusiones a su amiga, las sospechas de que su amistad
iba más allá de lo permitido socialmente entre dos chicas y el temor a
que la escandalera salpicara para siempre la vida de su hija llevó a
los padres de Marcela a enviarla a Madrid con el propósito de bolero de
que la distancia fuese el olvido.
Pero como el amor no tiene fronteras, la pareja volvió a
reencontrarse.Ambas habían finalizado sus estudios. Elisa fue destinada
como maestra interina a Couso, una pequeña parroquia de Coristanco,
localidad coruñesa situada entre A Coruña y Finisterre. En el municipio
vecino de Vimianzo, en la aldea de Calo, se instaló Marcela, ya como
maestra superior.
El reencuentro avivó la llama de su relación y comenzaron a vivir
juntas en Calo. Allí permaneció Elisa dando clases cuando Marcela se
marchó a otra localidad cercana, Dumbría, donde se instaló en la casa
escuela sobre 1889. Sin embargo, cada noche Elisa recorría la docena de
kilómetros que las separaban para dormir con su amada.
La convivencia durante años de las dos mujeres fue respetada por los
vecinos, no se sabe bien si por desconocimiento de que existía una
relación más estrecha entre ambas o por una transigencia poco acorde
con el espíritu represor de la época con las conductas homosexuales.
Todo cambió en 1901 cuando Elisa, que hasta entonces se relacionaba con
las familias más distinguidas de Vimianzo y Dumbría, decidió
masculinizar su aspecto, probablemente con el fin de dar un baño de
oficialidad a su amor y su relación. Con imagen de varón, que ya no
abandonó, se presentó en la Escuela Normal para solicitar un
certificado de estudios.
IDENTIDAD FALSA
Elisa era ya Mario, el nombre que escogió para falsificar su identidad.
Cambió la melena, las faldas, los refajos y los corsés por una
apariencia distinta con pelo corto, traje y ademanes masculinos.
También se buscó una personalidad y un pasado tomando como referencia a
un supuesto primo suyo fallecido en un naufragio.
Su imaginación trasladó su infancia a Londres y transformó en ateo a su
padre. La excusa perfecta para convencer al incauto padre Cortiella,
párroco de la igleia de San Jorge de A Coruña, de que lo bautizase. El
26 de mayo de 1901 pasó por la pila bautismal y, además, recibió la
primera comunión. Quedó lista para pasar en unos días por el altar.
Para entonces ya se había ganado la confianza del cura, que no vio nada
extraño en su voluntad de contraer matrimonio con la señorita Marcela,
hija de un capitán del Ejército y maestra de 29 años, tres menos que su
prometido, Mario. Desde Dumbría se enviaron las preceptivas
amonestaciones religiosas y la boda se celebró el sábado 8 de junio de
1901 con madrugón -a las siete de la mañana- en la iglesia de San
Jorge. Miguel Hermida y Ricarda Fuentes, viuda del comandante Sánchez,
que ignoraban la condición femenina del cónyuge, ejercieron de
padrinos. Hubo además dos testigos.
Como cualquier matrimonio que se precie, Marcela y Mario tuvieron su
noche de bodas. La pensión Corcubión, en la céntrica calle de San
Andrés, fue el escenario de su pasión.
«Me engañó diciéndome que iba a casarse porque había dejado encinta a
la joven con la que convivía», se lamentaba el padrino en las páginas
del diario La Voz de Galicia cuando días después se descubrió que se
había celebrado, como tituló el periódico coruñés, «un matrimonio sin
hombre». La noticia se propagó a las primeras páginas de la prensa
gallega y madrileña.
«Su ausencia y su silencio dieron facilidades para el mal. Pudo
impedirlo perfectamente», publicó La Voz el 22 de junio de 1901 sobre
la actitud permisiva de la madre de Marcela, que, supuestamente, estaba
enterada de todo.
Otros testimonios recogidos en periódicos de los días siguientes
revelan la expectación que desató el hallazgo de que Mario era en
realidad una señorita, Elisa. «Buena responsabilidad se han echado
sobre sí. Nunca será bastante para el escarmiento de actos que alarman
a la sociedad quebrantando sus más fundamentales principios», exponía
con tono doctrinal el jurista Ramón Vilas.
Sellier, el fotógrafo que retrató a la pareja, hacía alarde de un
comportamiento señorial y se mostraba poco partidario de ejercer de
vendedor de exclusivas, pese a las numerosas solicitudes de curiosos
para ver la imagen de los contrayentes. «No tendrá nadie el retrato
como no me lo roben. Y para evitarlo ya tengo tomadas mis medidas»,
explicaba.
Con el regreso a Dumbría, la publicación de la noticia y el
reconocimiento de Marcela de que «Elisa y Mario son una misma persona,
pero que tiene más de hombre que de mujer» aumentó el escándalo y
desató el calvario para las dos mujeres casadas. Negativas de empleo
para Elisa-Mario, cencerradas contra su relación, burlas y menosprecios
a su condición sexual les obligaron a poner pies en polvorosa. Vigo y
Oporto, donde fueron localizadas, ya que estaban bajo orden de busca y
captura, fueron otros lugares de paso. Su pista se pierde en un barco
con destino a América, probablemente rumbo a Argentina.
HISTORIA OLVIDADA
En Dumbría, un ayuntamiento de unos 5.000 habitantes a algo menos de
100 kilómetros de la capital provincial, pocos recuerdan haber oído la
historia de las lesbianas. Los escasos testimonios que tienen alguna
noción del asunto son con referencias lejanas y más como un comentario
pasajero escuchado hace años a sus padres o abuelos. Otros vecinos, si
la escucharon, es como si la hubiesen olvidado. Caras de asterisco,
gestos de asombro y arqueo de cejas son los síntomas cuando se les
menta el matrimonio entre Marcela y Elisa, que no les inspira ni el más
mínimo interés.
Sólo una persona se enfrentó con curiosidad a desentrañar el pasado de
la insólita pareja. Se trata de Ramón José Romero, párroco de Dumbría.
«Yo sabía desde hace años que había una pareja de mujeres que se había
casado en A Coruña, aunque desconocía que fueran residentes de
Dumbría». Cuando se enteró de que Marcela y Elisa habían estado en el
pueblo recurrió a los vecinos y feligreses más veteranos para indagar
en la historia y obtener más datos.«Los que tienen algún recuerdo es
por alguna conversación familiar.Pero no son capaces de precisar nada
más de lo que ya sabemos.Sólo te dicen que fueron maestras aquí y que
durante tiempo se habló del revuelo que se había organizado cuando
volvieron a Dumbría después de haberse casado», comenta. También el
padre Romero revisó el registro de la parroquia en busca de
documentación o correspondencia que pudiera arrojar algo de luz a las
sombras que presenta la relación entre Marcela y Elisa. El resultado
fue negativo. Los pocos papeles que se conservan están en la parroquia
coruñesa de San Jorge.
Si la relación entre estas dos mujeres adelantadas a su tiempo no
genera excesiva admiración entre los vecinos de Dumbría, todo lo
contrario le sucede al colectivo gay coruñés Milhomes, para el que
estas dos lesbianas y su desafío a las rígidas barreras sociales de
principios del siglo XX suponen todo un símbolo de reivindicación de la
lucha a favor de la igualdad de los homosexuales.
La admiración de este colectivo por el atrevimiento de Marcela y
Elisa/Mario les ha llevado a instituir un galardón en su honor que
lleva el significativo nombre de Premio Homosexual Parroquial San
Jorge, en referencia al centro eclesiástico que acoge en su registro
aquella boda sin hombre de hace más de un siglo.
Anteayer (viernes) se entregó el segundo de estos premios, que recayó
de manera colectiva y anónima en el colectivo de mujeres lesbianas que
no son aceptadas en sus propias casas por sus familiares.
El primero en recibirlo fue Abel Méndez, escritor y poeta de Vimianzo
-donde se inició hace más de cien años la convivencia de Marcela Gracia
y Elisa Sánchez-, por «su heroismo y valor para sobrevivir a una
ingente cantidad de agresiones homófobas», según Milhomes. El escritor
gallego Manuel Rivas, muy vinculado con A Costa Da Morte, fue el
encargado de entregarle este galardón que tendrá carácter anual desde
el próximo 2003.
José Carlos Alonso, presidente y portavoz de Milhomes, se involucró
hace dos años en el seguimiento de la relación de Marcela y
Elisa.Reconstruyeron su historia hasta el momento de su huida a
América.Desde ahí todo es un misterio que Milhomes se propone resolver
aunque con una gran limitación de medios humanos y económicos.Internet
puede ser la vía que, con paciencia y esfuerzo, les reporte algún
vestigio para saber qué fue de sus dos heroínas.
DE A CORUÑA A BOSTON
«Es muy importante lo que hicieron en su época. Además con la
particularidad de que eran dos mujeres con un perfil atípico, ya que
eran maestras y con una formación que en ese momento tenían pocas
chicas», explica Juan Carlos Alonso, para el que ese matrimonio fue una
especie de continuación de los acontecimientos reivindicativos de las
mujeres en Boston a finales del siglo XIX. «Son dos ciudades con puerto
y tal vez por eso se puede entender que dos hechos tan llamativos en la
búsqueda de los derechos de las mujer ocurrieran en Boston y A Coruña»,
añade.
Milhomes lleva tiempo reclamando una calle en la capital de la
provincia para la pareja de lesbianas, pero sus propuestas y escritos
han caído hasta ahora en saco roto. «Se les cae la baba con María Pita,
que sí, fue una valiente pero no más que estas dos chicas que se
enfrentaron a todo por amor».
Alguna productora audiovisual ya se ha interesado en el tema para
realizar un documental sobre la vida de la pareja, aunque no sería
extraño que en no mucho tiempo el matrimonio de Elisa y Marcela y todas
las vicisitudes que rodearon sus vidas acabaran en convertidos en
celuloide y exhibidos en una sala oscura. Tan oscura como la
incomprensión que debieron sentir hace 101 años.
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