Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "Dinero gratis de Carlo Padial" · Matías Candeira (Culturamas) -
  2. 15 de Octubre de 2010
  1. Dinero gratis, de
  2. Carlo Padial

Humor de la vergüenza ajena y la guerrilla que regala más momentos hilarantes y gozosos que cualquier otro libro que yo haya leído en tiempo. [...] Lo cierto es que, al terminar la lectura de Dinero gratis, no puedo más que recomendarles que se rindan con la rodilla hincada en la tierra ante este backgammon de enfermos sexuales, vergonzosos consumistas e hijos de puta. Ganarán su bálsamo, y una enorme carcajada, ya lo verán. El debut y su autor pueden ir con la cabeza bien alta. Saludemos con honores a esta literatura amiga de los niños que destrozan hormigueros con palos.
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Desde Pere Calders, la llamada “escuela catalana” ha obsequiado con algunos de los más meritorios ejemplos de esta bella resucitación del relato que vivimos. Una mesa de autopsias y serramiento de huesos en la que sabemos con seguridad que operarían con sus batitas de colores Sergi Pàmies, Jordi Puntí y más especialmente Quim Monzó, un modelo que resulta de difícil imitación por cierto tipo de corrosión inclasificable sobre la realidad que ha ido operando desde que se editara El porqué de las cosas hace ahora casi veinte años. Monzó se solazaba siempre en una Barcelona diluida como ente urbano, indefinida si se quiere, pero proclive al sano reinado del cabreo contra el prójimo y la constatación de la imbecilidad de nuestros vecinos. Me gustaría pensar que con Dinero Gratis Carlo Padial nos ha regalado un muestrario de patologías con cierta mayoría de edad para entrar en este canon que, a día de hoy, ha dado algunos de los mejores cuentos de la literatura española.

Un debut siempre tiene algo de golpe encima de la mesa y forzosa necesidad de legitimación, y creo que Padial puede inscribirse por méritos propios en esa estirpe de creadores que han cifrado en la neurosis y la fobia la construcción de un discurso más realista de lo que podría esperarse. Su cosmogonía es de individuos rotos (él mismo se cita a veces en algunos relatos), de voces neuróticas que creen en la paranoia global, el asedio de la calvicie y los huecos en las paredes, repletos de ojos que nos observan; la sociedad de los ciudadanos enfermos de espíritu que somatizan su desgracia mediante el humor. El humor se despliega en este volumen de cuentos como una telaraña permeable: humor de la aspereza; sin la exigida sofisticación que se impone desde cualquier canon estúpido y ya superado. Humor negro, sórdido, perfecto y mohoso, con la grasa de una freidora industrial de hamburguesas. Humor de la vergüenza ajena y la guerrilla que regala más momentos hilarantes y gozosos que cualquier otro libro que yo haya leído en tiempo, y valiéndose además de un maravilloso movimiento interno, políticamente incorrectísimo y hasta peligroso si se pone atención al discurso oficial. Pienso en “Una persona normal”, “Limpiar el mundo”, “Odiar a un homeless”, “11s”, “Secretos de un camarero” o “Higiene”, textos arteros, de humor esquinado e incómodo, pero que se pavonean ante nosotros mediante el exceso, el orgullo y la inteligencia; con un maridaje perfecto entre la voz funcional, la explosión epidérmica del humor a fuego (su procacidad y su carcajada son a cara descubierta) y la bomba de relojería que alojan en su interior.

De “Limpiar el mundo”: “[…]El sonido sale de la habitación de los niños. Al entrar, descubre a su hija de diecinueve años, Alba, que estudia servicios sociales, mirándose al espejo y probándose unos pantalones de piel de vaca portuguesa. Furioso, le baja los pantalones de cuero a su hija, dejándola en bragas. Es la primera vez que le ve las bragas a su hija desde que es una adolescente. Son unas bragas rosas, con rayitas fucsias, y llevan una inscripción a la altura del pubis donde dice: eat me. Ambos discuten a grito pelado, como no lo hacían desde la vez en que ella se marchó sin avisar con aquellos músicos de europa del este”

La desacostumbrada ensalada de referentes invita a la alegría al tener sombras importadas de otras disciplinas como el cine y la televisión. Si antes he mencionado a Monzó, el libro profesa cierta religión sobre la autoparodia, del mismo tipo que ejerce Larry David en Curb your enthusiasm o David Sedaris en estado de gracia. Hay ecos placenteros de autores de cómic como Paco Alcázar y Daniel Clowes, y tampoco faltan escenas con el santo ejercicio de psicoanálisis, el diván y el hombre con gafas que escuchaba a Woody Allen en sus cuentos y películas. Es interesante que este histrionismo tome como programática secreta algunas incorporaciones no estrictamente literarias, desde la arenga del protagonista del notable “Secretos de un camarero”, que nos recuerda a la de un stand up comedian norteamericano, hasta cualquier artículo fake de El garrofer.

En cualquier caso, Padial posee algunos defectos formales (abuso indiscriminado de las frases exclamativas), y es cierto que el conjunto hubiera llegado a funcionar como una tarta explosiva si hubiera aplicado un cierto sentido de lo proteico descartando algunos caprichos (“Diarios del Starbucks” o “A Capella”) que no llegan a la altura de los mejores relatos del volumen y tienen más de ocurrencia que de texto vivo. Llamaré la atención sobre un asunto: en la compilación se transparenta cierta tendencia acomodaticia en la voz, que suele ser en primera persona y procede de personajes masculinos demasiado similares (no se confunda con la tan traída “unidad” de la obra, que es otra cosa y obedece casi siempre a inflexiones internas y temas complementarios en el avance del libro de cuentos al uso); un registro que domina en la ejecución en terreno corto y las narraciones más proteicas, pero que en textos más largos como “Dinero gratis”, con su idea de fondo notable y muy divertida (un sistema laboral como parte de una paranoia global, construido desde la absoluta falta de sentido), y algunos momentos geniales, tiende a una cierta repetición de patrones, estilemas y algunas pérdidas de ritmo. Otros textos como “11s”, de nuevo con notable alto, funcionarían de un perfecto salto mortal si el autor hubiera dedicado más tiempo a elegir el cierre y anudar el lazo con la práctica que dan los años.

No obstante, una vez que se termina, el lector se dará perfecta cuenta de que el autor sale notablemente bien librado de su primera incursión literaria y que estos reproches apenas empañan los terrenos a los que llega el libro. Al fin y al cabo hay talento y una rara alquimia con la carcajada. En último término, Dinero gratis resulta ser un debut más que interesante y una lectura divertidísima, y me es imposible no mostrarme cercano al entusiasmo con esta primera obra que ama una modalidad literaria casi siempre proscrita o mal vista por los académicos, la de los textos que hacen reír y pensar, que derriban de forma casi terrorista las buenas costumbres, la rutina de los honrados padres de familia y constatan una cierta identidad colectiva que nos explica: somos enfermos, y aún peor, estamos convencidos de que somos felices, y que pagar una hipoteca, tener hijos y hablar de lo bien que se ha comido en una casa rural de Cuenca es la forma más alta de estatus. Lo cierto es que, al terminar la lectura de Dinero gratis, no puedo más que recomendarles que se rindan con la rodilla hincada en la tierra ante este backgammon de enfermos sexuales, vergonzosos consumistas e hijos de puta. Ganarán su bálsamo, y una enorme carcajada, ya lo verán. El debut y su autor pueden ir con la cabeza bien alta. Saludemos con honores a esta literatura amiga de los niños que destrozan hormigueros con palos.

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