Un libro es un fragmento de silencio en manos del lector.

Aquel que escribe calla.

Aquel que lee no rompe el silencio.

PASCAL QUIGNARD

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  1. "El dibujante que quiso acabar con los superhéroes" · Laura Fernández (El Mundo) -
  2. 23 de Septiembre de 2010
  1. Dinero gratis, de
  2. Carlo Padial

Olvídense de las neurosis de Woody Allen. Esto es mucho más fuerte. [...] Indiscretos, delirantes, de una honestidad casi nuclear, los relatos de Carlo Padial no se limitan a alumbrar las zonas oscuras de nuestro pequeño (y a veces absurdo) mundo interior, son la prueba de que el ridículo nos acecha.
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Carlo Padial es Carlo Hart, que intentó destruir de una vez por todas a los superhéroes, y que, en cambio, terminó convirtiéndose en escritor. Publica ‘Dinero gratis’, una antología de relatos paranoicos. Olvídense de las neurosis de Woody Allen. Esto es mucho más fuerte.

No se atreve a entrar solo a los bares. «Bueno, si es para pedirme un café, a veces». Y cuando va a un videoclub cree que la dependienta piensa que es un pervertido. «Y acabo cogiendo la película que creo que le gustaría a ella y siempre es malísima». Carlo (Hart) Padial es así. Un pájaro de jaula, como el protagonista de Dinero gratis (Libros del silencio), el relato que da nombre a su primer libro de cuentos. «Me conformo con poco: algo de alpiste, un cubilete con agua sucia y hasta la semana que viene», dice su otro yo paranoico, un tipo que acaba trabajando para una empresa fantasma (sí, Dinero Gratis) al poco de empezar a obsesionarse con su inminente (y apocalíptica) calva.

«La culpa la tuvo Richard Pryor», confiesa Carlo. Richard Pryor es un cómico afroamericano de finales de los 60 «que hacía humor consigo mismo, con las cosas que le habían pasado, con esos encuentros contigo mismo que tienes cuando está a punto de que llegue tu turno en la panadería», dice Carlo, sólo que las confesiones de Pryor eran bastante más salvajes. «Decía cosas como que un día estuvo a punto de pegarse fuego cuando iba borracho», sin ir más lejos.

«Yo, por ejemplo, el otro día me alegré porque vi a una chica guapa perder el metro y yo estaba dentro. No sé, me hizo feliz. Esas pequeñas y ridículas miserias de los demás son divertidas, ¿no?», se pregunta el escritor, dibujante y guionista de televisión, que todavía no ha dejado que su padre lea el libro. «No puedo hacerlo, no va a gustarle lo que he escrito», dice. ¿Por qué? ¿Qué ha escrito? Bueno, ha escrito que su padre quiere que trabaje para que le compre un abrigo de pieles a él y un barco a su madre. «Porque nos los prometiste cuando eras pequeño, ¿no te acuerdas?». Algo así es lo que ha escrito.

Porque lo importante es decir la verdad, siempre. Como Larry David. «Su humor ahora es más válido que nunca, porque todo es tan absurdo que da risa», dice Carlo. Por eso ha escrito un relato llamado Diarios del Starbucks, basado en sus propias experiencias (caricaturizadas) como cafeinómano y cliente de la omnipresente cadena de cafeterías creada por Howard Schultz. «También me he rayado con un homeless de derechas, como le pasa al protagonista de Odiar a un homeless», admite. «De hecho, este libro empezó hace mucho tiempo, mientras mis compañeros de piso jugaban a la Play. Al principio sólo era una lista de gente a la que odio. Hombres con havaianas, por ejemplo. Lo odio y están por todas partes. Me molestan. Como me molesta ver 50 penes cuando voy al gimnasio. No me gusta. Pero a ellos parece gustarles. Todos parecen contentos. Al cabo del día odias a dos o tres personas o dos o tres comportamientos, o te topas con una situación súper incómoda. Bien, pues yo estoy atento. Vivo pendiente de la estupidez ajena», dice Carlo.

«No sé, es curioso, todo el mundo intenta reprimir la rabia que siente al ver, por ejemplo, hombres en chanclas. Yo no lo hago, yo la potencio y la convierto en un relato. Este libro está hecho de malentendidos, de silencios incómodos, del pánico a que un pelo de la nariz te fastidie una cita», confiesa el escritor, que vive en un estado perpetuo de autovigilancia. «Siempre llego tarde a todas partes porque salgo y entro mucho de casa. Cuando voy en el ascensor pienso: ‘¿Estás seguro de haberte limpiado bien la nariz?’ Y cosas por el estilo. Si todo el mundo se parara a pensar un minuto, seguro que se reiría de una situación incómoda que ha vivido hace muy poco, o que ha estado a punto de provocar por una estupidez». Indiscretos, delirantes, de una honestidad casi nuclear, los relatos de Carlo Padial no se limitan a alumbrar las zonas oscuras de nuestro pequeño (y a veces absurdo) mundo interior, son la prueba de que el ridículo nos acecha.

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