A mediados de los noventa, un abogado le entregó a Olivier Orban, de la editorial francesa Plon, el manuscrito de La voz de Lila: estaba escrito a mano en dos cuadernos Clairefontaine de tapas rojas. El editor fue informado de que el autor de la novela, Chimo, era un joven de 19 años hijo de inmigrantes árabes que estaba en ese momento en la cárcel y que deseaba permanecer en el anonimato.
La excepcional calidad del relato hundió a Orban en un mar de dudas acerca de su autoría, pero finalmente se decidió a publicarlo. El debate acerca de la verdadera identidad de Chimo se extendió entonces a toda la prensa cultural francesa.
Años después, seguimos sin saber nada de Chimo —que publicó una segunda novela, J’ai peur—, pero la opinión general sigue siendo que tal nombre no era más que un seudónimo tras el que se ocultaba un autor reconocido. La lista de candidatos es interminable: Ravalec, Tournier, Pennac, Moix, Picouly, Queffélec, Serguine, Blier, Bercoff o el mismo Olivier Orban.
Por lo que sabemos, como se decía en las páginas de Le Figaro, La voz de Lila podría haber sido escrito por «un novelista experimentado o un autor clandestino sin papeles, pero en todo caso, por un escritor».
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